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La situación política en Catalunya

Los cuatro diputados de la CUP abandonan el Parlament.

EFE / QUIQUE GARCÍA

Para superar un momento degradante

Toni Aira

Mientras las instituciones catalanas están paradas en el golpe físico y mental del 155, Madrid no frena, incluso de la mano del PSOE de Pedro Sánchez

Tratar de superar y de no empeorar la grave situación en que nos encontramos reclama de diagnósticos quizá crudos y poco simpáticos, pero imprescindibles. Hay que asumir, por ejemplo, que una parte importante de la sociedad catalana ha pasado del 'shock' del 1-O y de aquella violencia policial que lo sacudió todo, a un estado de perplejidad ante el espectáculo político que, lejos de ofrecer una perspectiva de reagrupamiento y de recomponer consensos rotos por lo de aquel día y por lo que vino después, ofrece un horizonte preocupante con una crispación creciente y con un desgaste importante de las instituciones, como hemos visto esta semana en el Parlament.

Una sensación que personalmente me invade es que, paradójicamente, dos años después de aquella jornada histórica con urnas y con más de dos millones de catalanes participando contra todos los elementos, nos encontramos exactamente donde nos ha querido siempre el españolismo más rampante. Estamos atascados en un lodazal, con las instituciones catalanas degradadas e instalados en una dialéctica de confrontación total donde el Estado ya ha demostrado que tiene las de ganar. O, si no lo queremos ver así, asumamos que, en este contexto, como mínimo el independentismo ya ha demostrado que tiene todas las de perder.

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En la estrategia de la crispación y del enfrentamiento total, ya hemos visto cuál es la capacidad organizativa de los partidos soberanistas, el poder de nuestras instituciones y las habilidades del independentismo político para resistir el embate. Ante eso, un gran problema radica en que mientras las instituciones catalanas están paradas en el golpe físico y mental del 155, Madrid no frena, ahora incluso de la mano de un PSOE de Pedro Sánchez que ha dejado atrás la defensa (ni que fuera retórica) de la "nación de naciones", para pasar a un jacobinismo desacomplejado que dice en sede parlamentaria que tiene para Catalunya el mismo plan que para Andalucía, Extremadura, Galicia, La Rioja o cualquier otra autonomía.

Fortalecer las instituciones

No se puede pedir a las instituciones catalanas que tengan la velocidad de crucero que reclamaría el momento, porque la huella que ha dejado la intervención del autogobierno ha sido profunda.  Pero sí hay que exigir lo que marca la mínima lógica y que aconseja que ante el ataque o la amenaza, la respuesta de un país debe ser el fortalecimiento de las instituciones. Y, lamentablemente, en la espiral en la que nos encontramos todos atrapados, el escenario es exactamente el contrario. Las instituciones sufren una clara degradación debido a factores externos, pero también internos. El independentismo no conforma un Gobierno de Catalunya lo bastante ejecutivo o sinónimo de soluciones cotidianas. Y el Parlament no solo no legisla, sino que además vive sesiones convulsas al estilo degradante que le deseaban hace años los que menos lo respetan y le valoran el poder simbólico y real. De ahí que, tristemente, dos años después del 1-O, estemos más cerca de un nuevo 155 que de la independencia o de un referéndum vinculante. Asumirlo debería ser un primer paso para tratar de remediarlo. Entre todos.