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El debate liberalismo-intervencionismo

Johnson y Corbyn: revolución y contrarrevolución

LEONARD BEARD

Johnson y Corbyn: revolución y contrarrevolución

Josep Oliver Alonso

Si los partidos socialdemócratas o situados a su izquierda no logran mejorar la distribución del ingreso y la igualdad de oportunidades, otros ofrecerán alternativas: en Gran Bretaña, los 'hard brexiters'

Los apoyos de Trump al 'hard brexit' han reforzado la hipótesis que, tras los 'brexiters' duros, se esconde una agenda que supera la pura separación de la UE. Y que, en lo esencial, pretende liberarse de regulaciones medioambientales, sanitarias o laborales que los europeos consideramos esenciales. No es casual que el presidente norteamericano sea su más ferviente partidario: obligaría a Gran Bretaña a atarse a unos EEUU en los que la revolución conservadora, iniciada hace casi cuatro décadas por Reagan y Thatcher, intenta terminar su obra. Sería una triple victoria para Trump: debilitar a la UE, extender su ultraliberalismo económico y reforzar el dominio atlántico de EEUU. Desde este punto de vista, Boris Johnson, tiene muy poco de bufón y mucho de político desvergonzado. Y aunque oculta gran parte de sus intenciones, sus pasos le delatan: una vuelta de tuerca más en la progresiva retirada del sector público, iniciada por Osborne y Cameron.

Frente a él, el partido laborista de Jeremy Corbyn ofrece un cambio radical. En opinión de John McDonnell, el ideólogo de la revolución 'corbinita', se trata de redistribuir renta, riqueza, propiedad y poder. Es decir, regresar, en una medida no menor, al pasado pre-thatcherista. ¿Propuestas? Nacionalización de las compañías de ferrocarril, distribución de agua, correo o electricidad; impuestos elevados para los que más ganan; obligatoriedad para las grandes sociedades de transferir el 10% de las acciones a sus trabajadores; cambios en el mercado del alquiler, con derecho a compra por el arrendatario; jornada de cuatro días semanales; límites a los bonos de la City; renta universal; aumento sustancial del salario mínimo; reforma de la imposición sobre la propiedad de la tierra; emisión de deuda pública para financiar un banco nacional de inversión; o construcción de un millón de viviendas sociales. ¿Suena a algo todo lo anterior? ¿Quizá a refundar el capitalismo como demandaba Sarkozy en la primavera de 2009?

La imperiosa necesidad de distribuir

Suene a lo que suene, no consideren que estas propuestas carezcan de sentido. Lo tienen en un aspecto esencial: la imperiosa necesidad de redistribuir. Un aspecto de nuestro capitalismo que, merced al éxito de las revoluciones conservadoras, se ha ido olvidando. ¿Cómo leeríamos las propuestas del New Deal de Franklin Roosevelt de los años 30? Quizá nos sorprenderían tanto como las de Corbyn, porque el debate hoy en Gran Bretaña tiene un sabor añejo, de regreso a los orígenes: se discute quién se queda qué parte de la renta nacional, que generamos entre todos.

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En plena tempestad financiera, allá por 2009, Lord Jonathan Adair Turner, el máximo dirigente de la Financial Services Authority británica, causó estupor cuando afirmó que una parte no menor de los servicios de la City de Londres deberían prohibirse, por ser socialmente dañinos. Lógicamente, su propuesta quedó en saco roto. Como la de Mervyn King, gobernador del Banco de Inglaterra 2003-13, que proponía en su 'The Alchemy of Money' (2013) escindir la banca en dos tipos: la de depósitos, cuyos recursos deberían invertirse en activos totalmente líquidos y seguros (letras del Tesoro, por ejemplo) y la de inversión, dedicada a prestar capitales procedentes no de sus impositores, sino obtenidos en los mercados. Con ello, los pánicos bancarios simplemente no podrían existir. Tampoco esa propuesta ha corrido mejor suerte. De hecho, Barry Eichengreen, en su 'Hall of Mirrors' (2016), afirma que el éxito de las políticas aplicadas tras Lehman Brothers fue lo que impidió transformar en profundidad el capitalismo. Por ello, en su opinión, hay tantas diferencias entre las profundas reformas tras la Gran Depresión con los modestos cambios posteriores a la última crisis financiera. Eichegreen parece tener razón y queda mucho trabajo por hacer.

Porque, aunque el pánico al colapso global ha desaparecido, en lo social y en lo económico continúan dejándose notar las gravísimas consecuencias de la crisis financiera. Por ello, no es casual la reemergencia del debate liberalismo-intervencionismo, que anuncian los programas de Johnson y Corbyn. En este orden de ideas, si los partidos socialdemócratas o situados a su izquierda no consiguen mejorar la distribución del ingreso y la igualdad de oportunidades, otros ofrecerán alternativas: en Gran Bretaña, los 'hard brexiters'; en Italia, los Salvini; en Francia, los Le Pen; en los EEUU, los Trump,… Estén atentos, pues, a Gran Bretaña. No al 'brexit', sino al combate de las ideas que allí está aflorando. Anuncia transformaciones de calado.