06 ago 2020

Ir a contenido

Mirador

El presidente de la Generalitat, Quim Torra, en el debate de política general en el Parlament.

FERRAN NADEU

Sin meta a la vista

Anna Cristeto

La llamada a la desobediencia por parte de las instituciones quizá aporte épica al relato, pero su uso es tan arriesgado como irresponsable

Este martes se cumplen dos años del 1 de Octubre, fecha que algunos recordarán como un acto de dignidad y otros, como un episodio funesto de la historia reciente de Catalunya. El presidente Quim Torra ha dicho que no rememora aquel día con melancolía y hoy mantiene que la vía es la confrontación con el Estado. La política catalana y española parecen, pues, condenadas a seguir avanzando en sentido opuesto.

Aquel primero de octubre tuvo como preludio las sesiones del Parlament del 6 y 7 de septiembre, cuando el independentismo impuso su mayoría para alumbrar las leyes de ruptura prescindiendo del marco legal vigente. A partir de entonces, todo se precipitó: concentraciones; imágenes de cargas policiales que dieron la vuelta al mundo; aplicación del 155; encarcelamiento de dirigentes políticos y de asociaciones, la marcha de otros al extranjero; juicio televisado y, ahora, la inminente sentencia del Supremo. Sin duda, una cronología de difícil digestión.

También desde aquel otoño, el independentismo ha vivido con mayor intensidad un pulso interno para disputarse la hegemonía de un sector fragmentado. Se ha evidenciado en las distintas contiendas electorales y en su estrategia en el Congreso de los Diputados. El pasado jueves, eso sí, aprobaron conjuntamente en el Parlament resoluciones que instan a la desobediencia, una herramienta de presión y denuncia civil que, cuando da el salto a las instituciones, puede convertir la arena política en un lodazal. Quizá aporte épica al relato y tal vez seduzca a una parte del electorado, pero su uso es tan arriesgado como irresponsable.

Las detenciones de CDR

A las puertas de conocer la sentencia, el encarcelamiento de siete miembros de los CDR acusados de terrorismo ha caldeado el ambiente. En el Parlament,  la líder de Cs, Lorena Roldán, no tuvo reparos en mostrar una fotografía del atentado etarra de la caserna de Vic y en acusar a Torra de ser la gasolina de los comandos, por lo que propondrá una moción de censura. El 'president', y buena parte de la bancada de JxCat y ERC, tampoco los tuvo para corear libertad para los acusados. A su lado, Pere Aragonès se mantuvo en silencio.

Sea cual sea el resultado de esta investigación, se equivocarán quienes traten de criminalizar al independentismo, que ha hecho bandera de su pacifismo. A la vez, es preocupante que los dirigentes independentistas no contemplen siquiera la posibilidad de que los investigados prepararan presuntamente acciones de sabotaje y que den por sentado que cualquier actuación policial responde a criterios políticos y no de seguridad, incluso si se lleva a cabo a requerimiento judicial.

Entretodos

Publica una carta del lector

Escribe un post para publicar en la edición impresa y en la web

En el 2017 se dio el pistoletazo de salida de una carrera que tiene exhaustos a muchos: a unos porque no la quieren correr y a otros porque no ven claro dónde está la meta. Antes del 15 de octubre asistiremos a otro esprint del independentismo que, en palabras de Pedro Sánchez, se halla en “naufragio total”. Una observación muy prematura que solo se entiende en clave electoral.