19 sep 2020

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CONVULSIÓN EN INTERIOR

El ’conseller’ de Interior de la Generalitat, Miquel Buch, el pasado junio.

ACN

La tortura del 'conseller' Buch

Josep Martí Blanch

Cada vez está más generalizada la convicción entre los Mossos de que, si deben actuar en las próximas semanas, no tendrán el apoyo cerrado de Torra

Cada extremidad atada a un caballo. A la orden del verdugo los animales inician el trote en direcciones opuestas hasta el inevitable desmiembre del condenado. Vivimos tiempos mejores y el descuartizamiento solo funciona como metáfora. También en política. La usamos para referirnos al 'conseller' de Interior, Miquel Buch, el cargo más complicado en el Ejecutivo de Quim Torra.

En condiciones normales, Buch podría sacar pecho por algunos de sus logros. Nuevas promociones de mossos y bomberos en camino, acuerdos laborales con los sindicatos e ingreso de la policía catalana en el CITCO (Centro de Inteligencia contra el Terrorismo y el Crimen Organizado).

Pero nada es normal desde hace tiempo, tampoco la situación de los Mossos d’Esquadra. Un ejemplo de anormalidad es que exista entre la policía catalana el convencimiento de que quien preside la Generalitat no solo no comprende su trabajo, sino que lo entorpece constantemente, añadiendo dificultades a una situación de por sí ya lo suficientemente endiablada desde el 2017.

El primer botón de la muestra fue en diciembre del 2018. Torra, obsesivo con Twitter, exigió cambios en los mandos policiales después de ver un vídeo de una actuación policial en las redes sociales que los Mossos realizaron contra los CDR de Girona y Terrassa. Para Buch, aceptar aquella imposición hubiese significado perder toda credibilidad ante sus hombres. Aguantó el pulso y Torra tuvo que rectificar.

Los cambios llegaron más tarde, pero no por imposición. Respondieron a una planificación que nada tenía que ver con los incidentes que tanto habían airado al 'president'. Desde entonces, tira y afloja permanente. Hasta el punto de que, en alguna ocasión, el 'conseller' haya mostrado su predisposición a dejar de serlo si se considerase que otro podría hacerlo mejor.

Cualquier noticia con recorrido en las redes es vivida como una tragedia griega en el Palau de la Generalitat por Torra y sus íntimos (y pocos) colaboradores, que no incluyen a los del Departament de Presidència, estos bajo el mando de Meritxell Budó.

El gas pimienta 

El último ataque de nervios en la plaza de Sant Jaume forzó de manera abrupta el cese de la hasta la fecha directora de comunicación de Interior, Joana Vallès, profesional con prestigio y capacidades fuera de duda. Puede que el relevo se hubiera producido igual, pero tocaba calmar al 'president', que andaba encolerizado por el acto de presentación a los periodistas de las nuevas técnicas y materiales de los antidisturbios. Presentación que acabó con el titular unánime en los medios de que la policía catalana estaba dispuesta a utilizar gas pimienta en las movilizaciones de otoño si resultaba necesario.

El jueves se suspendió, previa presión nuevamente del 'president', la Comisión Mixta de Seguridad Estado-Generalitat para evitar una foto conjunta de los diferentes cuerpos policiales en el momento en el que la Audiencia Nacional decidiría el ingreso en prisión de los detenidos por la Guardia Civil. Dos días antes, Torra mandaba una carta a Pedro Sánchez quejándose de esas detenciones. Son cuestiones que resultan incomprensibles entre los Mossos d'Esquadra, que llevan mucho tiempo intentando recuperar la confianza de las instituciones judiciales para volver a ejercer con normalidad sus competencias, que incluyen las de haber procedido con esas detenciones si el juez se las hubiese ordenado a ellos.

Cada vez está más generalizada la convicción entre la policía autonómica de que en el caso de que deba actuar en las próximas semanas, no va a contar con el apoyo cerrado de la Presidència de la Generalitat. Y eso preocupa. Como también preocupa el apoyo cerrado y puede que imprudente a los independentistas encarcelados por la Audiencia Nacional. Respaldo que puede girarse en contra dado la existencia de testimonios autoinculpatorios y en función de las pruebas que vayan conociéndose.

De activista a 'president'

Este es el peligro de desmembramiento que vive Buch en estos momentos. Por un lado, los caballos que representan sus hombres uniformados, sabedores de la dificultad de los días que vienen, leales a los preceptos de una policía democrática, que saben que la fuerza es la última de sus herramientas, pero dispuestos a utilizarla en cuanto resulte necesario, efectivo e imprescindible para restablecer el orden. Y por el otro, los equinos de Torra que tiran con fuerza en dirección contraria, como es normal en quien ha decidido ser primero activista y después presidente.

A pesar de estas dificultades, el 'conseller' puede que escape del descuartizamiento. Su entorno sabe que su independentismo no es incompatible con haber crecido bajo el paraguas conceptual del 'fer país' pujolista, que incluía la responsabilidad en el ejercicio de las competencias en seguridad como indicador del verdadero deseo de asunción de responsabilidades desde las instituciones catalanas. Y ejercer las competencias policiales quiere decir exactamente lo que quiere decir. Aunque haya caballos tirando en dirección contraria.