Los ciudadanos palestinos de Israel

Binyiamin Netanyahu.

EUROPA PRESS / OLIVER WEIKEN

Bibi, el malo conocido

Itxaso Domínguez

El peligro del apoyo de la Lista Conjunta a Azul y Blanco es que suponga mantener el statu quo para el conjunto del pueblo palestino

La Lista Conjunta, que representa a ciudadanos palestinos de Israel pero también cuenta con representantes, miembros y votantes israelíes, recomendó que el partido Azul y Blanco forme gobierno. No salió a la primera, pero no todo está perdido. La decisión fue presentada como un mal menor para poner fin a una era Netanyahu teñida de corrupción y 'trumpismo'. Un paso importante y, en cierta medida, histórico. Solo existe un precedente: en 1992 Yitzhak Rabin necesitó los votos de miembros palestinos de la Knesset para sacar adelante las negociaciones de paz que desembocarían en los Acuerdos de Oslo.

Todo apunta a que gobierne quien gobierne, poco cambiará para palestinos de lado y otro de Línea Verde. Por un lado, el sistema israelí se basa en un dilema fundacional: se presenta como una democracia liberal que ampara a los ciudadanos palestinos como tal, pero es al mismo tiempo un Estado judío en el que todo no judío tiene menos derechos por el mero hecho de no serlo. La premisa es que los palestinos de Israel son enemigos potenciales, además de una amenaza demográfica. Es impensable que los representantes palestinos, independientemente del numero de escaños, formen parte de una coalición de gobierno en un sistema en el que todos los demás sectores de la sociedad israelí si lo han hecho.

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Los ciudadanos palestinos de Israel han desarrollado una identidad liminal. La Lista Conjunta es buena muestra de la necesidad de pertenecer a sabiendas de que nunca serán asimilados. La primera generación post-Nakba tenía miedo constante a la represión y expulsión. Sus hijos recordaban el trauma y aspiraban a la normalidad. La tercera generación, jóvenes de ahora, está más preparada, y muchos de ellos abrazan su palestinidad. Otros, sin embargo, no atienden a consignas patrióticas y se guían por necesidades materiales. Al igual que ocurre con sus parientes al otro lado de la Línea Verde, los palestinos del 48 representan una comunidad enormemente fragmentada desde el punto de vista ideológico y estratégico.

Tampoco parece haber esperanza alguna para Cisjordania, Jerusalén Este o Gaza. Los demás partidos abrazan el principio de separación, no plantean desmantelar la ocupación, aprovechan la menor oportunidad para demonizar a los palestinos y aplauden la mano dura en Gaza. Su posición oficial puede variar en lo que se refiere a la anexión, pero todos apoyan una realidad de soberanía única israelí, y por tanto apartheid, en todo el territorio de la Palestina histórica. Hablan de paz únicamente para acusar a los palestinos de no seguirles la corriente.

El peligro de la decisión lo representa legitimar el discurso israelí de igualdad de los ciudadanos palestinos de Israel. Dar, asimismo, patente de corso a que se mantenga el statu quo para el pueblo palestino en su conjunto. Al menos, sin Bibi a las riendas, se dicen algunos. La pregunta latente es: ¿Netanyahu personifica la afección o tan sólo un síntoma? El ‘malo por conocer’ apunta maneras, aunque quizás no a las claras.

*Coordinadora del Panel de Oriente Próximo y Norte de Africa en la Fundación Alternativas.