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Al contrataque

Una aplicación de Facebook en la pantalla de un móvil.

JUSTIN SULLIVAN (GETTY IMAGES)

Espías en el bolsillo

Najat El Hachmi

Leyendo el libro de Edward Snowden, 'Vigilancia permanente', te dan ganas de desconectarte de todos tus aparatos

Tengo pocas aplicaciones en el móvil. De hecho siempre he ido un poco tarde con todo lo tecnológico. Cuando iba al instituto mis compañeros presentaban unos trabajos gráficamente deslumbrantes mientras que yo los redactaba con una máquina de escribir automática y el programa WordArt me ayudaba pacientemente con lápices de colores. Me compré el primer móvil cuando nació mi hijo mayor porque no tenía fijo en casa y me daba miedo que al bebé le pasara algo y no tuviera forma alguna de pedir ayuda, olvidando que las madres habían criado a sus retoños durante miles de años sin disponer de ningún sistema de comunicación a distancia. No tuve un teléfono 'inteligente' hasta el 2011 y después de una intensa campaña por parte de quienes ya usaban uno para que me sumara al gran avance tecnológico y dejara atrás el dinosaurio de teclado minúsculo que llevaba. Y ahora mismo mi terminal no es, ni de lejos, lo último de lo último.

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Tengo pocas aplicaciones en el móvil porque cuando hay alguna que me interesa y me la quiero descargar, me pide que le permita un acceso ilimitado a todos los datos: contactos, fotos y archivos de todo tipo. Leerte los contratos donde se explican las condiciones de uso es penetrar en un inquietante universo en que parece que tengas que venderle el alma al diablo a cambio, simplemente, de disponer de la tecnología que te interesa. Y sin alternativa posible: los “términos y condiciones” son contratos evidentemente abusivos que estamos obligados a firmar sin posibilidad alguna de negociar ciertas cláusulas o que haya alguno alternativo. O cedes en todo lo que te piden o no dispones de la aplicación.

Leyendo el libro de Edward Snowden, 'Vigilancia permanente', te dan ganas de desconectarte de todos y cada uno de tus aparatos. Cuenta de forma detallada la deriva totalitaria hacia donde parece estar llevándonos el almacenamiento masivo de nuestros datos perpetrada con nocturnidad y alevosía tanto por las agencias de inteligencia como por los gigantes tecnológicos. La sensación de indefensión que arrastro desde hace tiempo como usuaria no es ninguna paranoia de tecnófoba, Snowden cuenta muy bien cómo internet, que tenía que ser un instrumento para conectar la humanidad de forma libre, se está convirtiendo en una herramienta para vulnerar de modo masivo nuestros derechos fundamentales. Pero no parece que esto no preocupe demasiado y a lo mejor muchos pensamos que el que espíen nuestros espacios de privacidad no es tan grave porque no tenemos nada que esconder pero, tal como señala el autor del libro, eso es como decir que “te da igual la libertad de expresión porque no tienes nada que decir o te da igual la libertad de prensa porque no te gusta leer.”