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ANÁLISIS

Zidane, durante el partido del Madrid ante el Villarreal.

Zidane y la calabaza

Antoni Daimiel

El calendario del Real Madrid anuncia un Halloween de hoguera viva, más de truco que de trato

Se percibe que a Zinedine Zidane le han puesto el contador de días previos al ultimátum. Y él no cambia ni rictus ni discurso, prefiere optar por recurrir de nuevo al argumento de la intensidad, que deja al periodista sin el arma del contraataque. A Zidane le han bajado la bandera, le han iniciado un contador que de repente empieza a correr más rápido, como el de un taxi de aeropuerto. En realidad es el descontador. Los partidos frente a Sevilla, Atlético de Madrid y Barcelona junto a otros dos compromisos de Champions en cuestión de cuatro semanas anuncia un próximo Halloween de hoguera viva, más de truco que de trato. Solo falta adjudicar los personajes de la bruja, el búho y saber quién se queda con la calabaza. Mourinho quiere disfrazarse mientras Cristiano Ronaldo y Keylor Navas serán responsables de gran parte de los sustos y sobresaltos.

He buscado en letras de boleros y corridos y sorprendentemente no he encontrado títulos como "No me pidas lo que nunca dije ser", "…lo que nunca demostré" o "…lo que nunca prometí". Qué raro. La creación hispana ni percibe ni reconoce personajes como Zidane. El entrenador francés urde planes o piensa renglones torcidos mientras esboza su sonrisa seductora. Zizou se desenvuelve en la introspección, al otro lado de vidrios translúcidos. Seguramente en el cine de Truffaut o Roger Vadim haya personajes así, quizás en el cancionero de Aznavour, pero no acabamos de ser capaces de interpretarlo.

Éxito contrastado

Zidane, que ganó una Liga y tres Champions seguidas y fue capaz de gobernar con éxito sin experiencia previa, ahora no deja dormir tranquilo a su socio de gobierno, Florentino Pérez. Zizou es muy suyo y no explica sus decisiones, ni falta que le hace. Regresó al banquillo del Real Madrid sin que la mayoría entendiera el motivo, porque no es fácil ver cómo un triunfador se coloca en una posición donde tiene tanto que perder como tan poco que ganar. Para él no es suficiente un mal año a la hora de desconfiar de los que le concedieron toda la gloria desde el banquillo. Zizou no confía en los jóvenes, no le gustan los mediapuntas y cree haber regalado ya algunas concesiones de las que no es impulsor, como el caso Courtois/Keylor Navas.

Cuentan que Zidane se enrocó en la petición de Pogba, un jugador nunca bien enjuiciado por afición y crítica española. Es una cuestión de despliegue, metros y confianza. Sobre todo de confianza, porque descartó los ofrecimientos no exentos de cobertura y latifundio de jugadores como Eriksen Van de Beek. Nada se le puede reprochar como hombre de éxito contrastado que regresa suponiendo una posición plenipotenciaria. Como tampoco hay reproche posible a un club que renuncia a fichar a un jugador que no les cautiva y que exigía un desembolso de alrededor de 175 millones de euros. Cada parte trata de responder según criterio, deber o correspondencia. El caso es que al Real Madrid se le ha quedado cara de descompensación y desconfianza mutua, mirada de sospecha. Y así no se puede enfrentar el otoño.