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La situación política

El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, y el líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias.

EUROPA PRESS

Nostalgia del bipartidismo

Rosa Paz

Las cuartas elecciones generales en cuatro años son, de hecho, el producto de la fragmentación causada por la irrupción en el 2015 de los partidos de la nueva política, Ciudadanos y Podemos

Nadie se habrá sorprendido, ni siquiera el Rey, de la falta de acuerdo para la investidura de Pedro Sánchez y, por tanto, de la repetición de las elecciones generales el 10 de noviembre. Nadie, porque esta situación se veía venir desde el fracaso de la investidura a finales del mes de julio, cuando Unidas Podemos consideró casi una ofensa la oferta del PSOE de un gobierno de coalición en el que los morados tendrían una vicepresidencia y tres ministerios. Sánchez, que nunca quiso a los de Podemos en su Ejecutivo, ya le advirtió entonces a Pablo Iglesias de que el ofrecimiento decaía en ese momento y no se volvería a repetir.

Pero Iglesias, que ya se ha debido de arrepentir de aquella negativa, pensó que llevando al extremo el pulso con el líder socialista, y ante el vértigo de unas nuevas elecciones, conseguiría mejorar la apuesta. No era consciente Iglesias de que Sánchez es un político audaz, una especie de Juan sin Miedo, al que su arrojo ha procurado hasta ahora buenos resultados y que no solo no teme a las urnas sino que está convencido de que en ellas mejorará su posición política.  

Mejores resultados

Más allá de la incapacidad demostrada por todos los líderes políticos para dotar al Gobierno y a la legislatura de la estabilidad que precisan para afrontar los problemas que se ciernen sobre España, la clave de los nuevos comicios parece estar en esos dos puntos: que Sánchez quiere un gobierno monocolor, y ahora dice que “moderado”, y que está convencido de que en esta ‘segunda vuelta’ obtendrá mejores resultados. Según los sondeos que manejan los socialistas podrían conseguir 145 escaños frente a los 123 que tienen ahora, lo que les permitiría negociar desde una posición de mayor fortaleza. Si eso fuera acompañado de un reforzamiento del PP, que se nutriría de votos que el pasado 28 de abril fueron a parar a Vox y a Ciudadanos —en el caladero de este último también aspira a pescar el PSOE—, la situación podría acercarse al anterior bipartidismo imperfecto del que tantos sienten nostalgia y en el que los dos partidos tradicionales se manejaban mejor.

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Las cuartas elecciones generales en cuatro años son, de hecho, el producto de la fragmentación causada por la irrupción en 2015 de los partidos de la nueva política, Ciudadanos y Podemos. Ambas formaciones llegaron para regenerar la democracia y acabar con la supuestamente perversa dicotomía izquierda/derecha. Sin embargo, además de hacer más complejas las alianzas, porque ahora nadie quiere ceder, su presencia ha reforzado los bloques ideológicos una vez que Cs abandonó la vocación de partido liberal bisagra y entró en competición directa con el PP, y que Podemos se situó claramente, y como era previsible por su origen, a la izquierda del PSOE.

Recuperar aunque sea parcialmente el bipartidismo podría ser objetivo compartido por Sánchez y Pablo Casado, aunque el líder del PP ya advirtió ayer al socialista de que no dé nada por seguro, ni siquiera que no vayan a ganar las tres derechas, porque “las urnas las carga el diablo”. El 10 de noviembre se sabrá quién las carga esta vez.