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Editorial

Una Diada para reconstruir

El independentismo ha tenido dificultades para aparcar durante unos días sus disensiones internas

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El Periódico

Quim Torra encabeza la ofrenda floral del Govern al monumento de Rafael Casanova.

Quim Torra encabeza la ofrenda floral del Govern al monumento de Rafael Casanova. / MARTA PÉREZ (EFE)

Quedan ya lejos los tiempos en que el Onze de Setembre representó la reclamación transversal de democracia y autonomía y, después, una festividad que integraba las diversas sensibilidades políticas. Todas las ‘diades’ desde la del 2012, que sirvió de línea de salida del ‘procés’, han ido perdiendo partes de ese aspecto inclusivo, convertidas en jornada exclusiva de reafirmación del independentismo, deriva que ha teñido también los actos institucionales en los que debería verse reflejada la pluralidad de la sociedad catalana y de los que los partidos constitucionalistas también se han ido descolgando. También todas las ‘diades’ desde el 2012 han tenido un tono extraordinario, fuese como rampa de lanzamiento de algunas de las grandes jugadas estratégicas del independentismo o como acto de movilización y protesta tras los reveses recibidos. En esta ocasión, el independentismo está en vilo esperando la sentencia del Tribunal Supremo y tanteando las diversas respuestas ante la posible condena. Desde un 'volver a hacerlo' que para unos es hacer efectiva la proclamación de independencia, para otros repetir otro ejercicio de la autodeterminación como apuntaba el discurso del ‘president’ Quim Torra, y para otros reemprender las movilizaciones en la calle, hasta la celebración de unas elecciones que clarifiquen relaciones de fuerzas y liderazgos. La ANC, convocante de la manifestación de la tarde y socio cada vez más incómodo de los partidos independentistas, la convertirá una vez más, y parece que de forma más acuciante, en una oportunidad para señalar a los políticos electos el camino a recorrer.

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Esta octava Diada del ‘procés’, con más desunión que las anteriores, ya no entre las diversas sensibilidades sobre el futuro nacional de Catalunya sino en el mismo independentismo, es la que ha llegado precedida de menos ilusión. Sin embargo, es precipitado concluir que fracasará: la convocatoria puede evidenciar de nuevo que el independentismo, aun desunido en cuanto a sus objetivos políticos inmediatos, representa a más del 40% de los catalanes. Su presencia en la calle, sea cual sea la fuerza que demuestre, debería servir de recordatorio para un Madrid enfrascado en la investidura de un nuevo presidente del Gobierno de que el problema catalán sigue estando sobre la mesa y espera solución. Y si se confirma que se convierte en el escaparate de disensiones y discrepancias entre bloques enrocados, quizá sería el momento de empezar a reconstruirla como jornada de encuentro de todos los catalanes, plasmación festiva de la reconciliación y las soluciones que aún están pendientes.