12 ago 2020

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EL INDEPENDENTISMO

Pancarta a favor de Carles Puigdemont el pasado 2 de julio en Estrasburgo

Tsunami de especulación

Jordi Mercader

El diálogo promovido por ERC reside en la prisión y la unilateralidad que mueve al legitimismo está mucho más cómoda en Bruselas

La sociedad política Puigdemont-Torra está consiguiendo desviar la atención hacia Waterloo, aunque a veces se citen en Ginebra, en detrimento del protagonismo de los dirigentes encarcelados. Este es el plan, no se trata tanto de decidir nada en concreto, sino de restablecer el protagonismo de Carles Puigdemont, como figura resplandeciente de lo que el independentismo denomina "el exilio".  Las reuniones son el mensaje. El diálogo promovido por ERC reside en la prisión y la unilateralidad que mueve al legitimismo está mucho más cómoda en Bruselas

Cada referencia al diálogo como vía de superación del conflicto político es como clavarle una espada en el corazón a Puigdemont. El expresidente sabe perfectamente que su futuro no depende de ninguna negociación con el Gobierno constitucional español. A nadie puede escapársele que el hombre de Waterloo solo regresará al Palau de la Generalitat al día siguiente de una sublevación victoriosa del independentismo; y esta hipótesis no pasa por hablar con Madrid, sino con el mundo, en el caso de que alguien esté a la escucha. Esta es la tesis que se abre paso entre los sectores más voluntariosos del movimiento, que suelen coincidir con los partidarios de hacer implosionar a ERC antes de que los republicanos puedan obtener una victoria electoral en las autonómicas.

Puigdemont y Quim Torra invierten su tiempo en los encuentros de estos últimos días en crear un tsunami de especulación política que sitúe a ERC frente a escenarios inverosímiles, buscando el desgaste republicano de oponerse a ideas ya quemadas pero que tienen la virtud de enardecer el ánimo de los seguidores (y votantes) más crédulos. La eterna canción del retorno del héroe huido cuyo regreso impide ERC por su miedo a enfrentarse al Estado. Una letra sencilla pero muy efectista, porque el 'procés' no sobrevive por la astucia de sus dirigentes sino por el dogmatismo de sus dirigidos, no todos, al menos, los legitimistas.

Aureola de burlador del Estado

La dimisión del presidente Torra para investir a Puigdemont en la distancia pondría el futuro en manos de ERC y de la CUP; bien podría suceder que una vez sin presidente las elecciones fueran inevitables. Pero eso tiene pocas probabilidades de suceder. Puigdemont no quiere elecciones y no va a presentarse en el Parlament. Porque no puede y porque no le interesa. Para dirigirse a la comunidad internacional y mantener viva la reivindicación independentista, para pleitear continuamente con España, para preservar intacta su aureola de burlador del Estado y su capital político de representante de una república virtual, lo mejor para él es fortalecer el cuartel de Waterloo. 

Waterloo es un santuario de resistencia y no un foro de diálogo. En la negociación siempre se pierde algo y Puigdemont no tiene nada que ofrecer, salvo su propio futuro político. Y no parece dispuesto a renunciar a su bandera del legítimo presidente de Catalunya, que pocas gentes se toman en serio, salvo su sucesor designado. El resto es solo obsesión por ERC, no fuera a romperse el cántaro.