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Incendios en todo el mundo

Una pérdida catastrófica

EFE

Una pérdida catastrófica

Joandomènec Ros

El sumidero de dióxido de carbono que son los bosques, las praderas y las sabanas se reduzca mucho cuando más falta nos hace

Los incendios de regiones boscosas de todo el mundo no son cosa de hace cuatro días; las regiones mediterráneas, como la nuestra o las otras cuatro que los geobotánicos reconocen, han sido sometidas, desde muy antiguo, a incendios forestales recurrentes, a los que muchas plantas (pirófitas) han adaptado su biología. Desde la aparición de los humanos, quemar vegetación con el fin de establecer cultivos ha sido la norma, a pequeña escala, es cierto, pero buena parte de las áreas agrícolas actuales, en todos los continentes, se han ganado a lo largo de milenios a los bosques, las praderas y las áreas húmedas de todo el mundo.

Últimamente, sin embargo, la actividad humana se ha añadido a las condiciones meteorológicas y climáticas para exacerbar el número, la intensidad y la extensión de las áreas quemadas por incendios forestales. En los países mediterráneos, la recuperación de los bosques (por el abandono de buena parte de tierras agrícolas en el último siglo), la ocupación más recientemente de los espacios forestales por urbanizaciones, su troceado por vías de transporte y, por supuesto, la negligencia, cuando no el incendio provocado a conciencia para conseguir no ya tierras de cultivo, sino suelo urbanizable, han provocado un repunte de los incendios, con consecuencias catastróficas para el medio ambiente, para la economía y, con demasiada frecuencia, para las personas que pierden vida.

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Los incendios de California, Australia, Sudáfrica, Chile, etc. son favorecidos por los caprichos meteorológicos de El Niño, por la detracción de agua, por viviendas inflamables y por causas relacionadas con el cambio climático. De nuevo, el binomio antrópico-climático.

Hace cuatro días, los cultivadores de café, cacao y otros productos tropicales quemaban los bosques y selvas de Malasia para conseguir más superficie cultivable; los humos de los incendios impedían el tráfico aéreo y afectaban la salud de los ciudadanos, por no hablar de las especies animales, entre ellas los orangutanes, ya muy amenazados.

Siberia, quién lo diría, sufre también este año incendios que dañan la vegetación y la biodiversidad, a una escala tan grande que los gobiernos implicados se ven impotentes para luchar contra ella. No solo la vegetación superficial, sino las turberas, desecadas por una serie de veranos muy cálidos, queman de manera silente pero igualmente nefanda, combustión subsuperficial que es muy difícil de eliminar.

El África subsahariana y las selvas tropicales africanas y sudamericanas (en especial la Amazonia) son sede este año de una concentración de grandes incendios forestales de extensión enorme, que los medios de lucha convencionales no pueden resolver. En todos los casos, la desidia de los gobiernos, la codicia de grandes empresas madereras, mineras u otras, la actividad tradicional para sobrevivir de los pueblos indígenas y los efectos del cambio climático (temperaturas elevadas, humedad baja, vientos fuertes) constituyen una mezcla explosiva, literalmente.

Los daños ambientales, económicos y sociales son enormes. La pérdida de vegetación hace que el sumidero de dióxido de carbono que son los bosques, las praderas, las sabanas se reduzca mucho cuando más falta nos hace para extraer este gas de efecto invernadero de la atmósfera. La pérdida de biodiversidad asociada a las selvas asoladas es catastrófica, puesto que en muchos casos la recuperación de especies, que ya están en peligro o a punto de extinguirse, es problemática. Muchos de los servicios ambientales que bosques y selvas nos proporcionan (la depuración del aire, el retorno del agua a la atmósfera mediante la evapotranspiración, la protección del suelo, que ahora las lluvias torrenciales de estas regiones erosionarán y desertizarán; la regulación del clima, etc.) quedarán muy afectados. Estas previsiones no se hacen en el vacío: hay ejemplos históricos y actuales (Mesopotamia, Madagascar, el Sahel, etc.) que nos lo confirman. Estamos apañados.

*Catedrático emérito de Ecología de la UB y presidente del Institut d’Estudis Catalans.