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Análisis

El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, y el líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, antes de su reunión del pasado 9 de julio.

EFE / JUAN CARLOS HIDALGO

España varada

Rosa Paz

Nada permite vaticinar que la investidura se vaya a producir o que de producirse vaya a desembocar en un gobierno estable

El nuevo curso político comienza en el mismo punto en que acabó el anterior: con España varada por la incapacidad de los líderes políticos para pactar la investidura de Pedro Sánchez y con un montón de deberes por hacer. La incertidumbre es la clave de este mes de septiembre en el que se debería desencallar la elección del presidente del Gobierno para evitar que el día 23 —fecha tope para intentar la investidura— se disuelvan las Cortes y se proceda a la repetición de las elecciones el 10 de noviembre.

A día de hoy nada permite vaticinar que esa investidura se vaya a producir o que de producirse vaya a desembocar en un gobierno estable. Al menos así se desprende de los escenarios que parecen estar manejando PSOE y Unidas Podemos, los dos partidos concernidos, la derecha se ha desentendido de todo, y cuyos dirigentes se han empeñado en exhibir públicamente la mutua desconfianza que se profesan, en un ejercicio que aleja una posible alianza, o la augura revuelta, y que además desconcierta a la ciudadanía. Sánchez, incluso, ha decidido agotar el plazo para los posibles acuerdos y, aunque presenta este martes su programa de 300 medidas, no parece dispuesto a ver a Pablo Iglesias hasta la semana del 9, cuando ya no les quede más remedio que elegir entre susto o muerte.

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Vista la poca simpatía que se tienen los dos partidos, ¿cómo se desenvolverían en un gobierno de coalición? Pero si el pacto fuera el que quieren los socialistas, es decir, gobierno monocolor con apoyo externo, ¿qué garantía habría de que ese sustento político se fuera a mantener en el tiempo? Peor sería aún una votación de investidura sin acuerdo, que llevaría a Unidas Podemos a la oposición al minuto siguiente. Y unas nuevas elecciones podrían ser suicidas para la izquierda, porque le darían una nueva oportunidad a las tres derechas de sumar y gobernar, o, en el mejor de los casos, dejarían a los dos partidos de la izquierda en la misma situación de dependencia mutua, aunque uno saliera de las urnas reforzado y el otro debilitado.

Lo dramático es que mientras los dirigentes políticos se muestran incapaces de administrar el resultado de las elecciones del 28 de abril, que tan grandes expectativas despertó, el país sigue encallado. No hay Presupuestos del Estado, salvo los prorrogados del gobierno de Rajoy, ni se están preparando unos nuevos que un gobierno en funciones no puede presentar para su aprobación en las Cortes. Como tampoco puede adoptar ese gobierno ninguna medida de relevancia ni buscar acuerdos para afrontar reformas urgentes, como la del sistema de pensiones o la financiación autonómica.

Esta parálisis se produce además al inicio de un otoño que se prevé complicado por la sentencia del 'procés', por el 'brexit' y por las malas perspectivas para la economía mundial que auguran la caída del PIB en Alemania y la guerra comercial entre Estados Unidos y China. De no haber investidura, el gobierno seguirá cuatro meses más en funciones, y sumará ocho, inhabilitado para afrontar las consecuencias de esos acontecimientos. Que la fuerza nos acompañe.