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Al contraataque

Una turista toma una foto de la estructura de panal del ’Vessel’ del Hudson Yards, en Nueva York.

EFE / PETER FOLEY

Lamento de Nueva York

Josep Maria Pou

Este ha sido para mi un verano viajero. Trabajo y ocio se han mezclado de tal forma que se me ha hecho difícil distinguir, en ocasiones, a cuál de ellos pertenecía el desayuno y a qué otro la cena del día. Todo en apenas cuatro semanas, dos maletas y una mochila, de Mérida a Sagunto, de allí al Mar Menor, de Alicante a Barcelona y por fin a un Nueva York más ruidoso y cálido que nunca.

Y no exagero si les digo que me he fotografiado, saludado y abrazado con más extremeños, valencianos, murcianos y catalanes en Nueva York de lo que lo hice nunca en sus respectivos lugares de origen. Sorprendente la mañana en la que me desplacé al Little Spain Market, el centro gastronómico de José Andrés y los hermanos Adrià. Allí compartí desayuno con tantos españoles como mesas había, lo que hace una suma de muchos si contamos a tres o cuatro por mesa en casi 3.000 metros cuadrados de lo que es ahora la zona más llamativa de la ciudad, Hudson Yards, un apabullante catálogo de la más moderna arquitectura (a no perderse The Shed, un centro artístico sobre ruedas, ¡un edificio desplegable!).

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Encontrarse y reconocerse en el otro, abrazarse con el igual y cercano cuando uno está lejos de casa y sobre todo en una ciudad tan estresante como Nueva York, es como sentarse y colmarse de agua fresca antes de perderse de nuevo por un infierno de calles a muchos grados Farenheit. Ya me gustaría a mi la misma solidaridad, el mismo abrazo y el  mismo entendimiento una vez de vuelta en casa, cerrado el capítulo vacaciones y abierta la espita de las voces y los gruñidos.

Les he dicho que esa mañana, como excepción, desayuné 'a la española', aunque una de mis debilidades estando en Nueva York es el desayuno a base de 'toasted bagel with cream cheese', algo común y corriente para los nativos, pero toda una delicia para mí. Y me gusta tomarlo en alguno de esos 'deli' de barrio, cada vez más difíciles de encontrar, en donde el 100% del personal que te atiende suele ser de origen hispano, mexicanos la mayoría. Allí, oyéndoles hablar entre ellos, preocupados por su futuro inmediato, pendientes de la situación en la frontera, de sus familias al otro lado, de las caprichosas redadas de Trump, sentí una brutal necesidad de abrazarles, como venía haciendo a diario, de manera casi mecánica, con tantos compatriotas. No lo hice. No me atreví. Ahora, de nuevo en casa, maldigo mi cortedad. Y lamento la ocasión perdida.

Temas: Teatro