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Gastronomía

La edición francesa de la Guía Michelin.

La estrella de la muerte

Imma Sust

Este verano he comido, por tercera vez en mi vida, en un restaurante con estrella Michelin. Y las tres veces he salido del restaurante con la misma sensación. Les explico. Una cosa es programar con siete meses de antelación un concierto, un viaje o una escapada romántica. Si estoy cansada, me siento en una silla para disfrutar del concierto. Con los viajes una puede improvisar sobre la marcha y si me deja el novio, me voy de escapada romántica con mi mejor amiga. ¿Pero qué pasa cuando reservas un menú degustación de 30 platos y el día que te toca ir no tienes hambre? ¿O tienes resaca?

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Bueno, este es solo uno de los problemas. Luego, está el tema de la conversación. A mi, por lo general, me gusta hablar con mis acompañantes cuando voy a comer, pero en estos restaurantes no te dejan. Es imposible, aunque las comidas duran tres horas, tener una conversación fluida y con un tono normal. Solo habla el camarero que te interrumpe cada cinco segundos para explicarte cómo comerte un guisante dentro de una cuchara. Y todo entre susurros y con mucho postureo. A mi madre le untaron la mano de whisky y le dijeron que la oliera a la vez que se metía una mini milhoja en la boca. La mujer, muy chistosa, preguntó si se lo podían servir en un vaso de chupito. El camarero no pilló el chiste. Ni media sonrisa nos regaló. Porque esta es otra, en estos sitios donde te dicen que hay que avisar al chef  para que apague el fuego si te entran ganas de mear tampoco hay sentido del humor.

Entiendo que esto lo hacen para que a nadie se le ocurra, en plan broma, decir la verdad. ¿Y cuál es la verdad? Pues que en estos restaurantes te aburres, que no estás cómodo teniendo una minisilla para el bolso, que te cobran un pastizal desorbitado, que el 'show' dura demasiadas horas y que llega un momento en que vuelves a tener hambre y no hay pan. Encima, no te invitan a chupitos cuando pagas la cuenta y te miran mal si te pides una Coca-cola. A mí ya no me engañan más. Yo soy más feliz en un chiringuito de playa, comiendo una paella con toda mi familia y charlando a grito pelado.