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Análisis

Parlamento británico en el río Támesis en Londres

Kirsty Wigglesworth (AP)

Congelar la democracia británica

Carlos Carnicero Urabayen

Johnson quiere silenciar a quienes le incomodan y llama traidores a quienes solo piden fidelidad a la mejor tradición británica: diálogo, capacidad de acuerdo y pragmatismo

No parece buena idea congelar la actividad del Parlamento de un país que está a punto de ejecutar la decisión más importante que ha tomado en generaciones. Pero como Boris Johnson no puede ganar el argumento del 'brexit', porque teme perderlo y quizás incluso ser apartado del poder, ha decidido apagar temporalmente las luces de la institución encargada de controlarle.

Johnson está dispuesto a saltar de la UE el 31 de octubre sin paracaídas, o sea, sin acuerdo, y además quiere hacerlo con la democracia secuestrada para no tener que rendir cuentas por ello durante un tiempo. Quiere silenciar a quienes le incomodan y llama traidores a quienes solo piden fidelidad a la mejor tradición británica: diálogo, capacidad de acuerdo y pragmatismo.    

La existencia de un Parlamento fuerte, sobre todo en momentos cruciales en los que un país debe afrontar cambios estratégicos de primer orden –pensemos que el Reino Unido entró en la UE en 1973 – garantiza que las acciones del gobierno reflejen la pluralidad de una sociedad. La salida sin acuerdo, cueste lo que cueste, es una humillación para la gran minoría del 48% que votó en contra y supondrá unos costes muy diferentes al paraíso que vendieron los vencedores del referéndum.

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Es curioso el 'brexit'. Quienes prometieron “recuperar el control” – el lema utilizado por los promotores de la separación – para liberar a Reino Unido de la “tiranía” de la UE se disponen ahora a suspender la institución central de la democracia británica, quizá el símbolo más respetado del Reino Unido en el mundo. El camino para “recuperar la soberanía británica” pasa por la suspensión de la institución encargada precisamente de representarla. Algo no encaja.

La democracia británica ha sobrevivido guerras. Ha vivido la transición de un imperio a un país medio europeo insertado en el club de democracias que representa la UE. El 'brexit' está planteando un desafío muy difícil de superar, quizá el test más complicado de todos: ejecutar un mandato inspirado en utopías y mentiras, con la sociedad absolutamente dividida y con un partido al frente que actúa acomplejado, temeroso de ser superado por la versión original del nacionalismo más fanático – Farage – y dispuesto a ejecutar el 'brexit' aunque el país y su democracia salten por los aires.

Trump se ha encargado ya de aplaudir la maniobra de Johnson. Uno y otro se entienden bien porque son fiel reflejo del repliegue nacionalista y antiliberal emprendido por el mundo anglosajón en el 2016. Pero no debe haber engaños: Trump no simpatiza especialmente con el proyecto del 'brexit' de Johnson, sino con su potencial caótico y divisivo para Europa.

Si una democracia tan consolidada como la británica, sede de uno de los Parlamentos más antiguos del mundo, puede ser víctima de primer orden de la amenaza populista y autoritaria que recorre Occidente, ¿qué no nos podría pasar al resto de países cuyas instituciones son más jóvenes?

Periodista y politólogo.