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MIRADOR

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante el debate de investidura en el Congreso.

DAVID CASTRO

Donjuanismo político

Josep Martí Blanch

Para un Don Juan, no hay más proyecto que él mismo. El proyecto de Pedro Sánchez es Pedro Sánchez

El teatro ha alzado de nuevo el telón y ahí están los protagonistas de esta tediosa representación en la que se ha convertido la investidura. El protagonista principal, Pedro Sánchez, se siente cómodo representando el papel de Don Juan político desde que descubriera, cuando recuperó la secretaría general del PSOE, la emoción que acompaña la conquista cuando esta se hace realidad cuando parecía imposible.

La conquista empieza y acaba en ella misma. En el donjuanismo político, el único principio y también fin es ganar elecciones, seducir al censo. No hay responsabilidades ni obligaciones añadidas porque no hay más horizonte que el de la inmediatez. Y vuelta empezar. Al Casanova no le asusta la repetición electoral porque es ahí donde más disfruta, donde más luce, donde descansa su razón de ser. Ganar para, inmediatamente después, despreciar lo que se ha ganado. El elector es tratado como una Cordelia cualquiera en 'El diario de un seductor', de Kierkegaard (1813-1855).

Un verdadero seductor es un maestro de la proyección de sombras y es capaz de ejecutar las más rocambolescas carambolas con la precisión de un buen neurocirujano para perpetuarse a lomos de la apariencia. Sabe barnizar de responsabilidad la dejadez y teñir de paciencia la incapacidad. Para un Don Juan no hay más proyecto que él mismo. El proyecto para España de Pedro Sánchez es Pedro Sánchez.

Hay otro elemento del donjuanismo a tener en cuenta. La convivencia entre Casanovas es imposible. Y como quiera que el resto de los actores del reparto se comportan del mismo modo, ya sabemos ahora que, o bien van a repetirse las elecciones, o bien la legislatura será un campo de minas desde el primer día. El paréntesis veraniego ha certificado lo que ya quedó claro antes que la farándula se marchara de vacaciones.

Parecería todo una broma de mal gusto si no fuera porque mientras los Don Juanes ensayan ante su 'espejito, espejito, soy yo el más bonito', los tambores de la próxima crisis económica se adivinan ya en el horizonte, la crisis territorial con Catalunya está a punto de vivir nuevos episodios y se sigue ahogando financieramente a las comunidades autónomas que mantienen en pie el Estado del bienestar.

Es fácil para el ciudadano ante esta tesitura caer en la tentación de considerar que nada es, en realidad, tan importante porque resulta imposible diferenciar en el día a día las consecuencias prácticas de tener un Gobierno o tenerlo en funciones. Se abren así las puertas del nihilismo político, del que solo es posible escapar a través del populismo. Lo saben bien, por ejemplo, en Italia.

Pero todas estas variables son irrelevantes para el donjuanismo, encantado de conocerse, que se deleita en el menosprecio de lo conquistado porque sus planes ya trabajan en cómo conseguir aquello que aún no ha caído rendido a sus pies. El Don Juan de Zorrilla necesitaba un día para enamorar, otro para conseguir, uno más para abandonar, dos para sustituir y una hora para olvidar. Más o menos como los líderes de nuestro tiempo.