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Tensiones lingüísticas

 Personas comiendo en un restaurante.

Europa Press

Palabras

Joan Ollé

Este verano, tal vez debido al calor, se han exacerbado algunos ánimos y hemos tenido noticia de estúpidos desencuentros a causa del idioma

Durante un viaje a la Bélgica flamenca paramos a comer en un restaurante de Brujas. La comida era excelente, el local muy agradable, pero el servicio rozaba la violencia. Al segundo plato le pregunté a la camarera por qué habían decidido arruinarnos la digestión con su mal rollo. Su respuesta fue: “Ici les français ne sont pas bienvenus” ("aquí los franceses no son bienvenidos", en francés). Al aclararle que éramos catalanes y que nuestra única lengua de comunicación con ellos era el francés todo cambió: se interesaron por nuestro país, por el Barça,  nos recomendaron sitios de interés e incluso nos invitaron a algo.

También, hace años, unos conocidos, casi amigos en su tiempo, decidieron viajar en coche a Lisboa y hacerlo de noche para no ver España, no dejar un euro en ella ni tener que soltar una sola sílaba en su lengua. Hay gente para todo.

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Este verano, tal vez debido al calor,  se han exacerbado algunos ánimos y hemos tenido noticia de estúpidos desencuentros a causa del idioma, hecho para entendernos: una empleada del aeropuerto mallorquín de Son Sant Joan ha sido amenazada con una multa de 200.000 euros (¿?) por dirigirse a la guardia civil en la lengua de las islas;  y en Sant Vicent del Raspeig (Alicante) un sanitario poeta espetó: “¡Viva España, viva el rey, viva el orden y la ley” (¿?) a una mujer que pidió una ambulancia por teléfono en el catalán que se habla en Valencia.  Ante estas informaciones a uno le gustaría conocer todos los detalles que se esconden tras el breve titular, disponer de un vídeo para, policialmente, analizar cada uno de los elementos que llevaron al desastre. Las palabras no son solo consecuencia de otras palabras, sino, sobre todo, de actitudes, gestos, tonos y miradas.

Mi amigo Ferran, que reside en Holanda, me pregunta si en nuestras calles se vive la tensión lingüística de habernos partido en dos. Le respondo que en mi barrio, Ciutat Vella, la lengua oficial es el inglés y lo habitual es que la vendedora de helados o el repartidor de pasquines del restaurante turístico se dirijan a ti con un 'good morning'.