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Cumbre en Biarritz

El ministro de Exteriores iraní Mohamed Javad Zarif (tercero por la izquierda, de blanco)  y el presidente francés Emmanuel Macron (segundo por la derecha) , entre otros, en el encuentro que han mantenido en la cumbre del G-7 en Biarritz, este domingo.

Afp

El G-7 necesita un cambio de rumbo

Cristina Manzano

Toda discusión global que no incluya a China terminará siendo entre infructuosa e hipócrita

Ha sido un golpe de efecto. La llegada del ministro de Exteriores iraní, Mohamad Javad Zarif, a la Cumbre del G-7 en Biarritz, introduce un grado de emoción en el espectáculo de la política global. Al fin y al cabo, la crisis nuclear es uno de los temas de la agenda.

Un golpe de efecto que, en cualquier caso, vuelve a poner de manifiesto las enormes fracturas que dividen a los líderes de los países más poderosos del mundo. Bueno, de algunos de ellos.

Con todo su carácter 'informal', el G-7 ha representado tradicionalmente el deseo del poder mundial de dialogar, de compartir visiones sobre los problemas y las soluciones, de demostrar que la colaboración es posible, que el multilateralismo, en sus múltiples formatos aspira a ser bueno para todos.

Final del espejismo

Biarritz es la metáfora perfecta del final de ese espejismo. La bella ciudad costera, con su decadente esplendor, acoge una tradición que hace aguas. Para empezar, por el perfil y las circunstancias de algunos de los propios líderes: Donald Trump, a modo de macarra en jefe; Boris Johnson, dispuesto a seguir sus pasos; Giuseppe Conte, cariacontecido y preocupado por lo que tiene en casa -¿de verdad puede considerarse hoy Italia uno de los países más poderosos?-. En frente, el resto en horas bastante bajas, con un Emmanuel Macron a la cabeza, decidido a defender los principios del orden liberal internacional, con una buena escenografía -como lo de Zarif- aunque con enormes dificultades para lograrlo.

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Es cierto que el presidente francés ha logrado armar una agenda con cuestiones realmente acuciantes -el Amazonas, el cambio climático, la desigualdad, Irán…-, pero sobre la cumbre planea la sombra de la duda de su sentido y de su eficacia, más allá del tinglado mediático y de seguridad que supone. Porque el espíritu multilateral queda minado en el momento en que el foro también se usa para tantear los posibles futuros acuerdos bilaterales entre Estados Unidos y un Reino Unido fuera de la UE, y con Japón, tras la retirada americana del Tratado Transpacífico. O para plantear la vuelta de una Rusia que fue expulsada por saltarse a la torera el derecho internacional con la anexión de Crimea.

Las dudas sobre la relevancia del G-7, y sobre su futuro, no tienen que ver solo con el hecho de que los allí reunidos ya no suponen ni el 50% de la riqueza mundial. Toda discusión global que no incluya a China terminará siendo entre infructuosa e hipócrita. Más ahora, en plena escalada de la guerra comercial lanzada por el propio Trump, en la que el presidente americano sigue queriendo aplicar la máxima de que quien no está con él está contra él.

Puede que Macron haya logrado sorprender a sus invitados con la llegada de Zarif, y ojalá sirva para avanzar en las negociaciones -torpedeadas por EEUU-  con Irán. Pero de no variar el rumbo, el G-7 terminará siendo completamente irrelevante. Es una puesta en escena demasiado costosa como para solo poner de manifiesto las profundas divisiones entre los líderes de algunas de las principales potencias. Malo, desde luego, en un mundo en el que el multilateralismo es más necesario que nunca.