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Editorial

Malos presagios para el G-7

La división entre los líderes políticos y la guerra comercial EEUU-China hacen dudar de la eficacia de la cumbre de Biarritz

Macron y Trump almuerzan en Biarritz.

Macron y Trump almuerzan en Biarritz. / REUTERS / Carlos Barria

Los prolegómenos de la cumbre del G-7 que este sábado ha empezado en Biarritz ha sumergido la reunión en un mar de malos presagios. Por si no había suficientes motivos para dudar de la eficacia del encuentro, el último episodio en la guerra comercial entre China y Estados Unidos ha hecho saltar todas las alarmas, mientras crece la sensación de que los riesgos de recesión en la economía global son mayores que nunca. Si hasta ahora la batería de aranceles impulsada por Donald Trump para castigar las importaciones de productos chinos, seguida de la respuesta del gigante asiático, parecía suficiente para desestabilizar las finanzas mundiales, la reacción desbocada del presidente de Estados Unidos a continuación del último paquete arancelario anunciado por Pekín se atoja una amenaza definitiva para la estabilidad de los mercados.

Al ordenar a las grandes compañías que dejen de producir en China o importar de China, una potestad de la que Trump carece, la Casa Blanca ha alimentado la desconfianza y zarandeado Wall Street y el resto de bolsas de referencia. Puede decirse que ha tirado piedras sobre su tejado y el de sus aliados, mientras las previsiones incluyen la posibilidad de que Alemania entre en recesiónItalia se instale en la incertidumbre a raíz de la crisis de Gobierno, un 'brexit' sin acuerdo descomponga la economía británica y acaso se concreten las sospechas de una guerra de divisas. Cree Trump que los daños pueden evitarse, al menos en Estados Unidos, si la Reserva Federal baja los tipos de interés, pero es muy sensata la posición de su presidente, Jerome Powell, que entiende que tal medida solo tiene sentido si la actividad económica tiende a estancarse.

Pensar que en medio de la tempestad puede el G-7 aportar algún indicio de mejora es de un optimismo desmedido. Los líderes reunidos en Biarritz representan el 40% del PIB mundial, pero en la mesa faltan China y algún otro país. Los desacuerdos en materia de cambio climático, flujos migratorios, mercado de la deuda y otros muchos asuntos son frecuentes entre los convocados y la decisión de no redactar un comunicado final subraya la división. Así se consagra la llamativa inutilidad de las cumbres de los últimos años, sometidas al rumbo imprevisible de Estados Unidos, que ha enterrado el multilateralismo, y a la realidad de un mundo cambiante en el que los reunidos son mucho menos grandes de lo que lo eran en 1975, cuando el G-7 se citó por primera vez.