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ANÁLISIS

Dembélé se lamenta de un fallo en San Mamés.

REUTERS / VINCENT WEST

Pretemporada, lesiones, Dembélé

Antoni Daimiel

El francés es un acaparador de sospechas, siempre presunto culpable, el único que si se lesiona es por lo poco que se cuida

La pretemporada futbolística es en realidad como las propias vacaciones, una fábula, una nube estival. Como un baño público recién limpio o el reflejo que en la soledad de casa te hace creer que has visto una estela, una sombra detrás de ti. Bruma y fantasía. La distorsión veraniega de los fichajes, los objetivos caprichosos, los últimos favores debidos entre agentes y direcciones deportivas son ingredientes falaces, impulsados por el filtro fanático y por el remolino embaucador de las redes sociales.

Nos pasamos el verano turisteando engañados, con el correo rebosante de hechos aparentemente consumados, con apreciaciones como que Aleñá estaba para ser titular en el Barcelona, que el Atlético de Simeone iba a desinhibirse y cambiar de patrón de juego, que Kroos vive como un funcionario, que Marcelo es un exjugador o que Bale, como Wolverine, había perdido su poder regenerativo.

Giras despiadadas y recaudatorias

Los desmentidos caerán por su propio peso. Pero como en toda fantasía, aquí también hay una certeza: las lesiones son dogmas que rompen planes y resultan determinantes: Suárez, Dembelé, Hazard, Costa… Un fenómeno sobre el que no hay demasiado análisis ni escrutinio, salvo esporádicamente la voz crítica de algún entrenador valiente de ficha alta, que alza la voz contra esas giras lejanas, tan despiadadas como recaudatorias.

Si en una sesión de vídeo de la plantilla alguien tirara una bola de papel, Valverde se giraría mirando al extremo francés

Y luego está el capítulo aparte, el bonus track de Dembélé. Un acaparador de sospechas, siempre presunto culpable. A nadie le gusta cómo vive, aún sin haberse pronunciado sus vecinos. Qué necesidad, pudiendo hablar el excocinero. Todo el mundo supone que Dembélé no es responsable, que no tiene horarios ni fecha en el calendario y que come chatarra. Y quién dudaba de que se iba a llevar, pasara lo que pasara, la primera culpa de la temporada.

Dembélé es el único que si se lesiona es por lo poco que se cuida. Lo adivinan poco comprometido, lo acusan de que la pausa que le falta en el césped le sobra en el asfalto. Si en una sesión de vídeo de la plantilla alguien tirara una bola de papel, Valverde se giraría mirando al extremo francés. Solo una vida extremadamente disoluta explicaría que la crítica diga que Dembélé ha jugado mal cuando ha jugado regular tirando a bien, o que ni se refiera a su actuación cuando saca a pasear sus excelencias, algo que ocurre con relativa frecuencia. Esos críticos normalmente soportan a regañadientes tener que madrugar o la esclavitud a rutinas cotidianas.

Y ahora que resulta que Dembélé no es de la estatura de la vida culé, su marginalidad se agrava por haber sido el sustituto natural de un amenazante hijo pródigo. A cualquiera en la piel de Dembélé se le romperían las fibras musculares con cada titular que provoca el saliveo azulgrana ante el hipotético regreso de Neymar. Su condición de desordenado, introvertido o despistado la pueden rebatir el cocinero, el agente, su mujer y su amante, pero cualquier ministerio legalizaría sin cita previa que Dembélé es el descarte en cuanto Neymar pise El Prat.