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Delincuencia en Barcelona

Una patrulla de los Mossos d’Esquadra en la Barceloneta.

RICARD CUGAT

Seguridad robada

Eva Arderius

No se tomaron en serio los primeros indicios, se pensó que hacerlo era dar la razón a la oposición. Ahora sí o sí tocará hacer cambios

Hace unos meses, en plena crisis por los narcopisos del Raval y en una conversación privada, un líder político municipal me advirtió de lo que podía pasar en Barcelona si no se tomaban medidas. Me dijo literalmente: «Espera a que haya muertos». Su augurio me pareció imposible y apocalíptico; sinceramente, no le creí. Barcelona ha sido una ciudad segura hasta ahora, pero es evidente que las cosas han cambiado.

El discurso de la inseguridad ya no es ni una amenaza ni un argumento político para desgastar al gobierno, es una realidad que costará revertir. Quien lo minimice o no lo reconozca estará cometiendo un grave error. Los hechos que estamos viviendo este verano, aumento sin precedentes de robos y muertes violentas, han dado la razón a los más pesimistas. Ahora sí que la seguridad es un gran problema, y probablemente los partidos con los discursos más contundentes tendrían las cosas más fáciles si se celebraran ahora unas elecciones municipales. El curso político no va a ser fácil en el Ayuntamiento de Barcelona.

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El daño ya está hecho, lo dicen los datos, pero sobre todo lo notan los barceloneses y los que nos visitan. Los ciudadanos se sienten inseguros, hay desconfianza cuando se sale a la calle y hay preocupación, no solo te pueden robar, las consecuencias pueden ser más graves. Hay miedo y cierto pesimismo, se siguen las detenciones al minuto, se viralizan los vídeos de peleas callejeras y cada robo y cada delito se percibe como una derrota. No estamos acostumbrados a vivir con temor, da igual que los índices de criminalidad de Londres, París o Nueva York sean muy superiores, no queremos ser así y no hay que resignarse.

Barcelona es fuerte, pero tampoco hay que sobrevalorarla. La misma crisis en otra ciudad la habría destrozado por completo. Habría arrasado su reputación y su convivencia. Pero estamos al límite. Es evidente que las cosas no se han hecho bien, y que lo que pasa ahora es consecuencia de que no adoptaron las decisiones correctas en su momento. No se tomaron en serio los primeros indicios, se pensó que hacerlo era dar la razón a la oposición y especialmente a la derecha. Se esperó a que algunos problemas se resolvieran solos, pero no ha sido así. Ahora sí o sí tocará hacer cambios. Hay que asumirlo.

Ausencia de Colau y Buch

De momento, la ausencia, en plena crisis y en plenas vacaciones, de los principales responsables políticos –la alcaldesa Ada Colau y el ‘conseller’ de Interior, Miquel Buch–, las recetas personalistas del nuevo concejal de seguridad, Albert Batlle, y la falta de unidad en los discursos no ha sido el mejor inicio para reconducir la situación. Deshacer el camino no será ni fácil ni rápido, lo más complicado será devolver la confianza, que los ciudadanos nos volvamos a sentir seguros en las calles de nuestra ciudad. Ahora mismo, esto nos queda muy lejos.