Ir a contenido

El tablero catalán

Gabriel Rufián, durante su discurso en la última jornada de la investidura.

EFE / BALLESTEROS (EFE)

Pijoaparte Rufián

Albert Soler

No es que haya renegado ¿todavía? del 'procés', simplemente ha salido un milímetro de la línea marcada a fuego por quién sabe quién

El pobre Gabriel Rufián era como el tío Tom de la cabaña, un inferior al que los dueños trataban con consideración por cómo de simpático y sumiso era, incluso a veces le hacían pequeños regalos, no sé, dejarle cantar un blues en la casa principal en Navidad, un escaño en el Congreso, detallitos así. Él pensaba que el colegueo que se llevaba con él la turba lacista era porque lo consideraban un igual, que no importaba ni su árbol genealógico, ni sus apellidos sonoramente castellanos, ni su catalán acharnegado, ni sus rasgos inequívocamente obreros, ni nada. El tipo pensaba sinceramente que el nacionalismo catalán –el independentismo no deja de ser nacionalismo– era diferente del resto de nacionalismos, que no era racista y él era aceptado como uno más, con el único bagaje de su gracia en Twitter. Angelito. En la que ha osado salirse del papel de tío Tom, es decir, de los principios fundamentales del movimiento lacista, le han dejado claro que si hasta ahora era tolerado –que no acceptado–, es porque ha servido caninamente a la causa. No es que Rufián haya renegado –todavía– del 'procés', no es que haya mandado a la mierda –todavía– a ANC, Òmnium, Puigdemont y los CDR de una sola tacada, nada de eso, simplemente ha salido un milímetro de la línea marcada a fuego por quién sabe quién. A alguien con ocho apellidos catalanes se le puede consentir alguna veleidad incluso más grave, pero a un tal Rufián, a un charnego con ínfulas, no solo hay que linchar públicamente, es que ya iba siendo hora de que nos diera la oportunidad de hacerlo, que las ganas ya hace tiempo que las teníamos.

Entretodos

Publica una carta del lector

Escribe un post para publicar en la edición impresa y en la web

Escribió Julio Ramón Ribeyro que hay amores horribles que ultrajan el apellido de este sentimiento. El de Rufián con el independentismo era de esos, un amor entre un tipo de baja extracción social y una señorita de la alta burguesía catalana. De aquellos amores que solo se consuman en las novelas de Marsé, y aun así solo hasta que Teresa toma conciencia de que el Pijoaparte no ha sido más que un pasatiempo, que sí, que durante un tiempo este charnego puede ser divertido e incluso interesante y, por qué no, también un buen amante, pero una debe tener claro de qué clase social forma parte y no mezclarse más de lo necesario con los inferiores. Pijoaparte Rufián que se las arregle con la criada.