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Análisis

Dembélé se lamenta de un fallo en San Mamés.

REUTERS / VINCENT WEST

Recogiendo a los niños antes del partido

Rafael Tapounet

La plantilla azulgrana parece instalada en la idea de que jugar en el Barça es más una señal de estatus profesional que un exigente reto deportivo

Cuando a principios de noviembre del año pasado el Inter de Milán se preparaba para recibir al FC Barcelona en la cuarta jornada de la fase de grupos de la Champions League, el entrenador del cuadro 'neroazurro', Luciano Spalletti, hizo unas declaraciones sobre el modo de preparar los partidos de los futbolistas azulgranas que, en aquellos días de bonanza deportiva, pasaron tal vez demasiado inadvertidas. "En el Camp Nou los vi salir a calentar diez minutos antes del encuentro, como aquel que dice –señaló el técnico toscano-. Nosotros preguntamos incluso si tenían un gimnasio interno para ir calentando, pero no. De hecho, mis jugadores me dijeron que los del Barça, la tarde del partido, habían ido a recoger a sus niños a los colegios y luego habían cogido el coche para ir al estadio. Si nosotros preparásemos los partidos así, perderíamos 18-0".

Spalletti quiso aclarar después que su intención no era criticar los métodos del cuerpo técnico del Barça, sino, por el contrario, elogiar la virtud de unos futbolistas que, dijo, tienen tan interiorizada la manera de jugar que son capaces de responder con velocidad a cada situación que les plantea el partido sin necesidad de un intenso trabajo de preparación previo. O algo así. Pero al margen de cuál fuera su propósito (y de que esa idea de que los jugadores azulgranas tienen interiorizada la manera de jugar es hoy más un mito sustentado por la publicidad institucional que una realidad visible), lo cierto es que las palabras del entrenador italiano retrataban con dolorosa precisión los hábitos de una plantilla consentida que parece instalada en la convicción de que jugar en el Barça es más una señal de estatus profesional y social que un reto deportivo de extraordinaria exigencia.

Ni el batacazo de Anfield ha alterado la esfera de privilegio en la que viven los jugadores del primer equipo

Todo esto ocurrió antes del apocalipsis de Liverpool y de la tétrica final de Copa en Sevilla, pero ni siquiera esos batacazos han producido cambio alguno en la esfera de privilegio en la que viven los profesionales del primer equipo, por más que en los últimos meses Josep Maria Bartomeu haya repetido varias veces en privado que está francamente descontento con el comportamiento personal de algunos futbolistas, a los que considera frívolos y egoístas, e incluso haya proclamado su voluntad de adoptar medidas para recortar el poder de unos jugadores que, a su juicio, amenazan la estabilidad del vestuario.

También en este punto los hechos (desde la decisión de mantener en el cargo a un entrenador complaciente con las figuras como Ernesto Valverde hasta la obsesión por repescar a Neymar Jr. pese a sus alarmantes antecedentes) entran en flagrante contradicción con las palabras. Y los resultados están a la vista: apenas ha transcurrido una semana desde que empezó oficialmente el año 1 DA (después de Anfield) y las lesiones musculares ya amenazan con colapsar la enfermería azulgrana mientras los jugadores se largan de minivacaciones aprovechando los tres días de asueto que les ha regalado el míster después de perder el primer partido de la temporada.    

El aficionado barcelonista, para quien el principal pasatiempo ya no es el fútbol sino la indignación, desahoga su frustración en las redes sociales pidiendo una limpieza a fondo mientras los responsables del club llaman a mantener la cabeza fría y a aplicar el sentido común. Acaso olvidan que, como advirtió Raymond Chandler, el sentido común es esa voz que nos dice que debimos mandar a reparar los frenos la semana pasada cuando ya hemos chocado contra una pared esta semana.