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La crónica negra

La lectura peligrosa de Barcelona

AGUSTÍ CARBONELL

La lectura peligrosa de Barcelona

Miqui Otero

Un repaso a cómo y por qué se ha narrado tradicionalmente la inseguridad, pero sobre todo la desigualdad, de la capital catalana en crónicas y novelas, a partir de la alarma actual

1.

Cuando el extraterrestre que persigue a Gurb alcanza la Rambla, se sorprende por cómo en ellas “confluyen razas de todo el mundo (y también de otros mundos, si se me incluye en el censo)”. El personaje de Eduardo Mendoza añade a renglón seguido: “Es el poso de la historia el que ha formado este barrio y el que ahora lo nutre con sus polluelos, uno de los cuales, dicho sea de paso, acaba de chorizarme la cartera”.

Siempre es buena una mirada alienígena para describir una realidad, porque se presenta ante ella libre de prejuicios o juicios asumidos. Como en Barcelona, a pesar de la tradición ufóloga en Montserrat y de los regates de Messi, no he visto todavía a ningún extraterrestre, a veces intento buscar esa pureza en otros ojos. En los del recién llegado.

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En la primera clase del posgrado de periodismo narrativo y literatura que imparto en la UAB, pregunto a los alumnos, la mayoría extranjeros y muchos de ellos latinoamericanos recién aterrizados, que me describan el Raval con un solo adjetivo. Este ejercicio instrumental lo vendo en clase como una toma de consciencia de hasta qué punto cada palabra está cargada de ideología, aunque secretamente aspiro a revalidar año a año un retrato ajeno del barrio más sintomático de mi ciudad. Son recurrentes algunos como “multicultural”, “animado”, “vivo”. Alguna vez explico que aplicarle uno como “sucio” pondría su escrito al servicio de esa mirada higienizante de la ciudad que venden los conservadores: “si está sucia, habrá que limpiarla de delincuencia”. Si, en cambio, se ponen estupendos y dicen “colorista” hablo de cómo tradicionalmente la propaganda institucional ha querido procesar en clave 'Los Lunnis' algunas realidades verdaderamente complicadas. Pero el caso es que nunca aparece el adjetivo “peligroso”. Cuando eso suceda, tendré que explicarles lo que sigue. O quizás lo haga ahora mismo, ante todo lo que leo estos días en la prensa y veo en los informativos.

2.

Los escritores no describen la ciudad, ni siquiera la escriben, sino que la leen. La leen entre líneas (los turistas, para entendernos, no leen la ciudad, sino la Lonely Planet). Y para descifrarla hay que pasearla, pero también entender sus novelas y sus crónicas. Sobre todo los libros de crónicas, cuando la novela era algo que solo se escribía y leía en la parte alta.

Uno puede empezar, por ejemplo, en sus violentos años 20, que lo fueron tanto como los de James Cagney. Los años del pistolerismo, cuando algunos empuñaban revólveres en nombre de los sindicatos y otros para la patronal. Cuando la ley de fugas (permitían salir a presos de la cárcel para luego dispararles con la excusa de que habían escapado). Este repaso podría arrancar con 'Sangre en las atarazanas', de 1926, con su buscavidas que acaba a los 19 años en la cárcel, donde escucha numerosas historias que jamás aparecerían en una novela burguesa. Relatos casi periodísticos de cómo funcionan determinados lugares como el actual Raval, que ahí queda bautizado como Chino: “El barrio bajo, el domicilio de la mala gente. En el montón deforme de basura y de dolor, de inconsciencia y de pecado se mezclan el obrero y el chorizo, la lavandera y la cabaretera”.

Es la Barcelona donde habían llegado el mismo año Einstein y la dictadura de Primo de Rivera. Donde años después se publica 'Vida privada', de Sagarra, cuyos protagonistas usan estas calles como quien sube al desván ('golfes') a guardar un secreto (golfo) o a esconder el cuerpo de un crimen. O como un decorado.     

3.

Durante mucho tiempo aquí no se cometió ni un crimen. O eso parecía según muchas novelas publicadas durante el franquismo. Quizás por eso, la literatura de quiosco se firmaba con seudónimo yanqui y sus tiroteos pulp se ambientaban en paisajes exóticos. Con excepciones en las novelas más ambiciosas.

Tomás Salvador, un tipo fascinante, explica en 'Los atracadores', de 1955, los coqueteos con la delincuencia de tres personajes muy diferentes: un trabajador de fábrica y futbolista amater, un marginal marginado incluso en su entorno y un señorito estudiante de Derecho. “Tú representas la inquietud. No sabes lo que quieres, del mismo modo que yo no sé para lo que vales. Mira, Chico, la inquietud es esto: es no saber, no tener confianza, es desear hacer una cosa y empezarla con grandes ánimos para ir decayendo. Somos unos mierdas que antes de pensar en la vida sabíamos lo que era la muerte”, escribe. Pero la novela incluye un epílogo escrito desde la perspectiva policial que enmienda parte de lo expuesto, enarbolando argumentos que a menudo dan por válidos todos esos partidos políticos que creen que el conflicto en las calles se resuelve con la acción policial contra los que menos tienen: “Contra ellos solo puede defenderse la sociedad eliminándolos de su seno”.

4.

En el Raval, el Pijoaparte de Marsé baja a mangar motos. Carvalho, el detective de Montalbán, vive en Vallvidriera, pero su despacho resiste (también en la  última versión de Carlos Zanón) allá, hacia el final de la Rambla.

“Aquí y allí todo el mundo pía, todos controlan todo, pero nadie sabe nada. Fijo”, escribe Francisco Casavella en 'El triunfo', publicada dos años antes de los Juegos Olímpicos, cuando parecía que todo estaba en juego, aunque el juego estuviera amañado. Allí se narra, entre muchas otras cosas, la transición de quién ostenta el poder del hampa en el Chino, cuando los moros y los negros empezaron a ponerse farrucos y a querer controlarlo”, dice su narrador rumbero.

En la literatura negra americana, lo que importa no es quién cometió el crimen, sino qué mundo (de mierda) lo empujó a hacerlo

La literatura busca el conflicto y es aquí donde lo encuentra. Pero no busca el conflicto de un modo interesado, sino también la causa del que viene y la contradicción que genera. No solo narra las consecuencias de las transformaciones, sino que intenta explicar a qué obedecen estas. Otro ejemplo. En los cuentos de misterio europeos ambientados en mansiones solo importa quién cometió el crimen. En la literatura negra americana, escrita a pie de calle, lo que importa no es quién, sino qué ciudad, qué vida, qué mundo (de mierda), lo empujó a hacerlo. En la primera se genera un misterio que luego se alivia. En la segunda, el crimen puede resolverse, pero la calle no es mejor cuando eso sucede. Todo es más ambiguo y, por tanto, más verdadero. El mundo no se explica ni con un titular, ni con un tuit, ni con un adjetivo. Ni señalando a un solo culpable.

Durante un tiempo, en el Raval abundaban unos carteles en los balcones donde se podía leer: “Esto es un barrio, no un escenario”. El escenario de abusos turísticos, inmobiliarios, que a veces es, también, el escenario de un crimen. Algunos actores, por su genética o acento, se ven encasillados en determinados papeles. Pero la cosa aquí es, siempre, quién mueve las tramoyas y recoge el dinero de la taquilla.

5.

Los únicos ladrones verdaderamente vocacionales son los ricos. Es cierto que los que no tienen nada a menudo no tienen nada que perder. Pero los que tienen mucho suelen querer más. El especulador es el verdadero ladrón, un obeso y un obseso del dinero. El pícaro es un héroe, porque no toma de lo que le sobra, sino que hace suyo lo que le falta: lo que quiere es sobrevivir.

Barcelona no tiene que ponerse aún más guapa, sino entender sus cicatrices y sanar sus heridas más injustas

Yo he hablado con paquistanís que me han explicado peleas violentísimas con bangladesís. Otros vecinos me han contado broncas callejeras entre filipinos y dominicanos en pistas de básquet. Me han robado la cartera, como a todo el mundo, en la Rambla. Incluso un tipo un día me dijo: aguántame el 'piti', para luego romper un quinto de cerveza, enarbolarlo por el gollete e hincarlo en el cuello de otro. Heroinómanos me han asegurado que en esos casetes que guardaban escondían secretos que pondrían en jaque al alcalde. Y he hablado con gente que okupaba pisos en el Raval porque no le alcanzaba para llegar a fin de mes y con asediados por 'mobbing' inmobiliario. Pero jamás le endilgaría el adjetivo “peligrosa” a mi ciudad, sin intentar explicarme quién abre la fuente de donde mana ese peligro inconcreto que a muchos les gusta capitalizar.

En las novelas dieciochescas y decimonónicas, se habla de Bajos Fondos y de Gran Mundo. En los primeros, una masa informe de corrupción y vicio. En los segundos, la virtud y el brillo. Es simplista, pero sobre todo cruel, revalidar esa forma de ver la vida y la ciudad. Todos los libros mencionados intentan individualizar esos bajos fondos y poner cara a las experiencias de la marginalidad. Es absurdo pensar que la delincuencia se soluciona solo por la vía policial. Es insultante obviar hasta qué punto está relacionada con la especulación inmobiliaria, el hambre de suelo, las redes mafiosas engrasadas, los monopolios económicos y, sobre todo, con la desigualdad. Es, directamente, bochornoso que en una ciudad que hizo fortuna hasta vergonzosamente tarde con el comercio de esclavos (porque si miráis en sus fachadas monumentales, ahí siguen sus caduceos, tridentes de Neptuno y querubines con penacho que revelan que así fue; porque muchos de los apellidos de los que se enriquecieron con ello siguen en la élite hoy) se estigmatice al que viene de fuera y vende en sus calles. A todos esos que recogen aluminio pero que tuvieron que emigrar de países productores de bauxita. Eso es, también, violencia.

En fin, definir como crisis de seguridad lo que es una crisis más amplia es, escribió Jack London en 'El talón de hierro', “intentar volar tirando de las lengüetas de nuestras botas”. Es, también, “intentar curar una enfermedad grave con una venda”. Barcelona no tiene que ponerse (aún) más guapa, sino entender sus cicatrices y sanar sus heridas más injustas.