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Las aspiraciones de los menas

Un adolescente avista un barco que cruza el río que desemboca en el mar, en Larache. 

El dibujo del paraíso

Emma Riverola

Solo esbozan pateras. Preciosos barcos de dos velas que no saben de naufragios. Son niños marroquís y ese es su futuro soñado

No dibujan montañas de picos nevados, soles sonrientes y nubes enfurruñadas. Solo esbozan pateras. Preciosos barcos de dos velas que no saben de naufragios. Son niños marroquís y ese es su futuro soñado. En la excelente serie de reportajes 'Viaje a la cuna de los menas', de Elisenda Colell, más allá de las impactantes historias individuales (imprescindibles para humanizar la etiqueta 'mena'), destacaba el testimonio de Abdul Hamdouchi, presidente de la oenegé Pateras de Vida, entidad que trata de evitar el éxodo de jóvenes a Europa. Pero, ¿cómo competir ante el escaparate de felicidad que muestran las pantallas? No hay tristeza ni nostalgia ni miseria en las redes sociales. Son demasiados los que llegan y solo comparten las bambas nuevas o la camiseta de marca. Trazos bellos de un dibujo tan idílico como falso.

No hay justicia sin lucha. En todas las sociedades, en todas las épocas, cada uno de los derechos conseguidos ha sido fruto de una tozuda y sacrificada voluntad de conseguir una vida mejor. ¿Hasta qué punto el espejismo de las redes sociales está dificultando ese compromiso? «Irse del país, con la patera, es una solución rápida», apunta Hamdouchi, fundar un sindicato requiere el compromiso de años. Al fin, se trata de un doble combate. Contra la explotación y contra la exposición de la vanidad. Ambos frentes retroalimentándose. Para el poder injusto, es más cómodo ver partir a los jóvenes en patera (o desaparecen o reaparecerán en forma de divisas) que soportar sus reivindicaciones.

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La historia de los movimientos sociales de la actualidad no se entenderá sin la influencia de unas redes sociales que están formateando la psicología colectiva. Es innegable su capacidad para propagar ideas, conectar personas y coordinar acciones, pero también el peligro del adocenamiento que representa creer tener el paraíso en la punta de los dedos. Un escenario tan próximo que parece accesible, pero que esconde la dureza de las bambalinas. Hoy, luchar contra la explotación también requiere romper ese espejo deformante y alienante.