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MIRADOR

Combo de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias durante el debate de investidura que se saldó con la segunda votación fallida para el socialista.

EFE

Sánchez, Iglesias y la derecha

Xavier Bru de Sala

Los movimientos del PSOE son de infantilismo indigno de un partido con tanto pedigrí

Pedro Sánchez se equivocó en el 2016 con su famoso «no es no» verbal disparado contra Rajoy. Al final, «no fue sí» y él se vio descabalgado. Pero volvió triunfante porque las bases y los votantes socialistas pretendían marcar distancias con la derecha. Pablo Iglesias se equivocó cuando negó su apoyo a un Gobierno de centroizquierda (entonces Cs quería ser considerado de centro). Su 'no' real abrió la puerta a la continuidad del PP en el poder, pero él no pagó ningún precio por una razón similar a la de los socialistas, que se querían desmarcar de la derecha: Podemos quiere distinguirse del PSOE.

Estos dos «errores» que tantos beneficios han proporcionado a sus protagonistas son el fundamento de las negociaciones actuales. Sánchez quiere gobernar desde la centralidad, ubicación muy cercana al centro, con una leve escora hacia la izquierda. Iglesias pretende que los votos de Unidas Podemos se traduzcan en políticas visibles de izquierdas que no puedan ser atribuidas al PSOE. El riesgo de acabar entregando el país a la derecha no es tan elevado ni inminente como en el difícil arranque de la anterior legislatura, pero es más grave y peligroso.

Como se ha visto en Madrid con la investidura de Isabel Díaz Ayuso, el tripartito de derechas deriva íntegramente hacia la extrema derecha, algo que con el PP de Rajoy no ocurría. Si la derecha galopa tras una repetición de elecciones, los dos desavenidos lo tendrían mucho más difícil para subsistir como líderes.

Al PP le conviene más que a ningún otro partido que esta posibilidad, ya transformada en amenaza real, se convierta en real. Como acabamos de ver, ni Casado ni Rivera tienen el menor escrúpulo o reticencia en plegarse al marcaje y a las demandas de Vox. PP y Cs se reparten las carteras a la europea, sin ningún problema, de forma proporcional a los resultados. En cambio, Sánchez considera que hacer lo mismo es un signo de debilidad y una herida sangrante en el costado del PSOE. Orgullo partidista de casta y complejo de inferioridad ante el despliegue descarado de la derecha.

En julio, la investidura era casi un hecho. Aunque fuera algo raro, el cambio de cromos (sí al Gobierno de coalición pero sin Iglesias) parecía una buena solución, ante todo porque Iglesias y Sánchez no se soportan. Los movimientos posteriores del candidato, planificados y explicados como una maniobra militar que metiera a Iglesias en una bolsa envolvente de sociedad civil, son de infantilismo indigno de un partido con tanto pedigrí.

Como muy bien han recordado a Sánchez personalidades destacadas del mundo sindical, empresarial, político e intelectual, más le vale dejar de jugar con el fantasma de unas nuevas elecciones. Incluso el PSOE está dividido entre los que piensan que es mejor no arriesgarse y los que ya se ven ganadores. Una victoria, llegado el caso, que incrementaría las ganas de Podemos de morder, si puede ser en la yugular de Sánchez. Coalición generosa ahora, no esa otra puerilidad del apoyo exterior gratis, u oportunidad de oro para la derecha más rabiosa.