Ir a contenido

Racismo

Gente del abismo

LEONARD BEARD

Gente del abismo

Josep Martí Blanch

Tratar al que llega como un igual pasa por que se someta al cumplimiento de la ley

En 'Gente del abismo' (1902) el escritor norteamericano Jack London inmortalizó las condiciones de vida más degradadas y denigrantes del East End de Londres de principios del siglo XX. Tomó durante unos meses el hábito de la miseria para retratar con conocimiento de causa el harapiento inframundo de la que entonces era la capital económica del mundo.

London describe a conciencia el matadero de la pobreza que eran las calles donde se concentraban los desarrapados. Entre todos los detalles que merecieron la indignación del novelista destacó descubrir que en Londres los mendigos no podían dormir en la calle. La policía se aplicaba severamente en hacer cumplir esta ordenanza. Los despertaba a a palos y los forzaba a engrosar las procesiones nocturnas de muertos en vida.

Puerta abierta al racismo

Hay quien ve la Barcelona del 2019 con los mismos ojos 120 años después. Así lo parece tras el inicio de la campaña del ayuntamiento para erradicar los mercados de venta ambulante ilegales que han colonizado zonas enteras de la ciudad tras la calurosa bienvenida que les dispensó Ada Colau durante su primera legislatura.

Según los Jack London locales, que las autoridades se apliquen en la eliminación de los zocos ilegales es una estigmatización de los individuos que se dedican al 'top manta', una puerta abierta al racismo, una criminalización de la pobreza y, hasta para algún editorialista, la excusa perfecta para que los que venden artículos falsificados en la calle cometan delitos más graves si les resulta imposible perpetrar con impunidad los pequeños.

Todos estos argumentos se repiten desde la equivocada buena fe del peatón perezoso que cree que llueve porque le caen gotas en la cabeza. Le bastaría levantar la vista al cielo para percatarse que no hay nubes, sino un vecino regando las plantas en el balcón.

Criminalizar la pobreza

Porque es más bien todo lo contrario. No hay peor estigmatización y señalamiento público de un colectivo que asegurar que van a convertirse en criminales caso que se les impida actuar como pequeños delincuentes. Hay en la afirmación la negación de cualquier atisbo de moralidad en estas personas. Queriendo salvarles se les condena, categorizándoles automáticamente como malhechores. Eso es exactamente criminalizar la pobreza: equipararla automáticamente con la delincuencia.

De igual modo, no hay fórmula más efectiva para afianzar y multiplicar el racismo que la creación de espacios de excepción a la norma, estableciendo dos niveles de uso del espacio público. Uno, en el que rigen las normas, exclusivo para los locales y otro, más parecido a una selva, para las personas que llegan sin un euro en bolsillo. Usted circule con las condiciones de seguridad que la ley exige, pero miremos a otro lado con la furgoneta que se cae a pedazos pero que proporciona un sustento a una familia que recoge chatarra. Así se llenan las tazas y tazones del racismo: convirtiendo la ley en algo que se cumple o no se cumple en función del color de la piel, la religión o la situación económica.

En lo que sí llevan razón los críticos con el dispositivo policial es en asegurar que la inseguridad no es culpa de la venta ilegal de mercancía falsificada. Puede añadirse que tampoco lo es de quienes viajan sin billete. Ni de los que orinan en las aceras. Ni de los que se saltan los semáforos. ¿Hay delitos y faltas más graves? Nadie lo pone en duda. ¿Hay sinvergüenzas con corbata? A manos llenas. ¿Hay traficantes, asesinos a sueldo, bandas organizadas que trafican con personas, estupefacientes y armas en Barcelona? Sabemos de sobras que sí. Entonces, ¿por qué de golpe esta obsesión por el 'top manta'?

Entretodos

Publica una carta del lector

Escribe un post para publicar en la edición impresa y en la web

Lugar de acogida

Pues porque una ciudad donde el comercio es legal, se orina en los lavabos, se paga el transporte y se respetan los semáforos, entre tantas otras cosas que exigen normas y leyes, no es que sea mejor, es que es la única deseable.  Y para eso existen diferentes formas de autoridad pública y distintos cuerpos policiales que convierten en un falso dilema que deba escogerse entre la persecución del pequeño delito o el gran crimen. Este es un dilema trampa que equivale a decir, por ejemplo, que solo puede perseguirse el fraude fiscal si damos barra libre a los narcotraficantes. Un sinsentido.

Oímos día sí, día también, por boca de nuestros representantes, que Barcelona y Catalunya quieren ser lugares de acogida. Aplíquense pues en habilitar recursos que eviten que las personas que llegan vivan al margen de la legalidad. Eso no es acoger, eso es condenar. Primero al que llega y después a la ciudad entera. No hay mejor modo de respetar la dignidad de alguien y de tratarlo como lo que es, un igual, que someterlo al cumplimiento de la ley.