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Editorial

Violencia y marginalidad

Los últimos casos que han desatado la alarma en Barcelona afectan a colectivos sinhogar inmersos en la más absoluta miseria

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El Periódico

Chabolas en la confluencia de la calle de Tànger con Meridiana, en Barcelona.

Chabolas en la confluencia de la calle de Tànger con Meridiana, en Barcelona. / RICARD CUGAT

El nuevo responsable de seguridad del Ayuntamiento de Barcelona, Albert Batlle, constataba este miércoles que la ciudad vive una «crisis de seguridad». Lo hacía después de que varios acuchillamientos y el incendio de un asentamiento de barracas hayan reaviado la percepción pública de inseguridad en la ciudad de Barcelona que la oposición reprochó durante el último mandato. Los datos objetivos señalan un claro incremento de los delitos, pero concentrados en los hurtos ejecutados por grupos de delincuentes, no en las agresiones violentas como las que se han sucedido en los últimos días. Se trata de dos fenómenos distintos entre sí. Las peleas con arma blanca estaban a menudo relacionadas, no hace muchos meses, con la conflictividad que rodeaba a los narcopisos. Pero la tensión vinculada al tráfico de droga parece haberse desplazado a otros puntos, como el barrio de La Mina en Sant Adrià de Besòs, tras la efectiva ofensiva contra estos puntos de venta en el Raval y los barrios cercanos.

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Los últimos casos que han desatado la alarma responden a tensiones (peleas por el espacio, problemas de salud mental) que afectan a los colectivos sinhogar inmersos en la más absoluta marginalidad. Una compleja situación que refleja tanto los éxitos y fracasos de la acción policial cuando existe, o no, una actuación coordinada, como sus límites ante fenómenos que no se eliminan sino que se desplazan de barrio a barrio, o que deben ser abordadas con un trabajo social a largo plazo sin que se pueda confiar en soluciones policiales milagrosas.