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IDEAS

Detalle del puesto de venta de la autobiografía de Laureano Oubiña, en Mondoñedo, la semana pasada.

Elvis Oubiña en la edad media

Miqui Otero

Hay quien dice que Elvis está vivo y que se le podía ver mucho después de su defunción oficial trabajando en una gasolinera de Montana, pero yo puedo alardear de haberme encontrado a Vito de 'Los Soprano' haciendo 'top manta' en Manhattan y a Laureano Oubiña vendiendo su autobiografía en la edad media.

La  semana pasada paseábamos por la calle que muere en la plaza de la Catedral de Mondoñedo, que ese día celebraba su mercado medieval, cuando avisté la camiseta: un paquete de tabaco dibujado en la pechera ornado con la divisa: 'Del Winston de batea… a otras hierbas, by Laureano Oubiña'. Levanté la mirada y la crucé con la suya, oculta tras unas gafas con montura de pera. Era él mismo, que dentro de un portal vendía su libro.

La autobiografía de Oubiña está minada de frases memorables. Como "No aspiro a lavar mi imagen: no hay sosa cáustica que la limpie"

En la cubierta, el título: 'Oubiña, toda la verdad', y también un retrato del protagonista posando delante de un enorme pazo de granito. "¿Y esta mansión qué es?", le preguntó Leti, que me acompañaba, siempre periodista vocacional. "Se ha mentido mucho, pero esta casa fue la que me llevó preso", contestó él. ¿Por qué?, dije yo, por darle ritmo a la charla. Y cito su respuesta: "Porque en España ya sabes que la envidia brilla por su ausencia".

Hablamos también del mercado (del editorial, no del medieval) y me llevé un ejemplar de ese libro autoeditado, porque un escritor siempre quiere saber la verdad y toda la verdad, aunque sea consciente de que ésta no existe, de que los libros más que dar respuestas formulan preguntas y de que quien subraya que la va a explicar quizás no esté en condiciones de entregarla. La lectura de 'Oubiña, toda la verdad', eso sí, lo revela minado de frases memorables: "Soy Laureano Oubiña y tengo más fama que fortuna", "Lo llevo en la sangre. Contrabandistas somos pocos, oportunistas muchísimos" o "No aspiro a lavar mi imagen: no hay sosa cáustica que la limpie".

Recordé, mientras nos despedíamos, otra aparición mariana similar, unos once veranos atrás. Cuando después de una ruta de 'Los Soprano' en Nueva York, descubrimos en una calle a Vito Spatafore, quizás el personaje mafioso de esa gran serie con un desenlace más cruel, vendiendo productos no oficiales que llevaba guardados en el maletero del coche. "¿Pero qué haces aquí?", le pregunté en su día. Esa pregunta es casi siempre improcedente, de todo punto impertinente, y el actor la contestó bien: "Estoy vendiéndote una alfombrilla de ordenador del Bada Bing. Y si quieres te la firmo". No es fácil la reinserción de determinados personajes. Tampoco la de algunos actores.

En Mondoñedo y en Manhattan, y podría añadir en el Palace y en el Chino, abandoné la escena tarareando el mismo himno, que se puede cantar con sorna o con pena, de Siniestro Total: "Tranqui, colega, la sociedad es la culpable, sociedad no hay más que una, y a ti te encontré en la calle".