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Obituario

Carlos Pérez de Rozas, en la inauguración de la exposición ’Pérez de Rozas’ en el Arxiu Fotogràfic de Barcelona, en noviembre del 2015.

ARCHIVO / FERRAN SENDRA

Carlos Pérez de Rozas: generoso, apasionado, irrepetible

José A. Sorolla

Era un periodista que transmitía su pasión por el oficio, tanto en la Penya 6123 y en otras reuniones de colegas, como, sobre todo, en sus clases en las diferentes universidades en las que profesó

Teníamos una peña en la que nos reuníamos una vez al mes, más o menos, para hablar de política, de periodismo, del Barça o de lo que se terciara. La peña, naturalmente, la había bautizado él. Se llamaba y se llama Penya 6123, seis uno por la remontada contra el PSG y dos tres por el resultado del mismo año en el Bernabéu. Carlos Pérez de Rozas había dedicado buena parte de sus últimos años al Barça, destacando en sus artículos y en las tertulias deportivas que frecuentaba por su papel de culé optimista, combatiendo sin cesar el atavismo y el pesimismo crónico del culé clásico, ese que ahora reivindica el estilo, como si fuera una verdad revelada e inamovible, pero que igual podría defender con la misma convicción otros valores porque el culé clásico se caracteriza, sobre todo, por la insatisfacción permanente, una actitud, la de la autocrítica, que es positiva siempre que no se convierta, como es el caso en muchas ocasiones, en una obsesión paralizante y destructiva.

Quizá porque procedía de una familia españolista (del RCD Espanyol), donde siempre van servidos de desgracias, Carlos había roto con todo eso y reivindicaba con orgullo y pasión los colores y la trayectoria triunfal del Barça de Guardiola y del Barça post-Guardiola, aunque no siempre se pueda ganar la Champions.

Pero Carlos era mucho más que el culé optimista, a veces gritón, a veces un poco saltimbanqui, que reflejaban las tertulias televisivas y cuyas espectaculares actuaciones (se levantaba, se sentaba, abrazaba al compañero, se calmaba, pedía disculpas por su gestualidad desbordante) le valieron ser un personaje de 'Crakòvia' en TV-3. Carlos era sobre todo generoso, amigo de sus amigos, y hasta de sus enemigos, servicial, dispuesto a ayudar en lo que fuera, una personalidad irrepetible que se despedía siempre con “¡¡un abrazo inmenso!!” En la última comida de la Penya 6123 protagonizó uno de los momentos que expresan su inmensa generosidad. Ante los peñistas, regaló a su hermano Emilio la última Leica de papá Carlos Pérez de Rozas Sáenz de Tejada, que había recuperado de manos de uno de los nietos de su padre.

Como Emilio lo ha expresado en este diario mejor que nadie, Carlos era el vigilante, el sereno, de toda la familia y de todos sus amigos, el que advertía de las consecuencias de los actos, el actual jefe del clan. Y era un periodista que transmitía su pasión por el oficio, tanto en la Penya 6123 y en otras reuniones de colegas, como, sobre todo, en sus clases en las diferentes universidades en las que profesó. Numerosos alumnos, rendidos ante su recuerdo, dan fe en las redes sociales, en las que él no estaba presente, de su maestría, de la pasión y de la elocuencia con la que explicaba sus enormes conocimientos sobre la importancia de la imagen -diseño y fotografía- en el periodismo.

Cada día, accedía a las webs que almacenan portadas de diarios de todo el mundo para preparar sus clases y para enviar a sus amigos las que más le llamaban la atención. La última ha sido la del 'New York Times' del pasado jueves 6 de agosto. En su envío, nos mandaba “una abraçada” y nos deseaba “bones vacances”. Lamentablemente, él no las podrá disfrutar porque se nos “ha muerto, como del rayo”, quien tanto queríamos.  Como escribió Miguel Hernández, “un manotazo duro, un golpe helado,/ un hachazo invisible y homicida,/ un empujón brutal te ha derribado”.