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IN MEMORIAM

Carlos, en el centro, con su hijo, con barba, a la derecha y la saga más joven de los Pérez de Rozas

Emilio Pérez de Rozas

El sereno de mi vida

Emilio Pérez de Rozas

"No se ha ido mi hermano. Ni el esposo de Carmen. Ni el padre de Carlos. Ni el amigo de Antonio. Se ha ido el sereno de nuestras vidas, el que procuraba que no nos saliésemos de madre"

134 mensajes en el móvil y subiendo. Me instalo en la sala de prensa del circuito de Spielberg (Austria), del que me escaparé en un rato, y sigue lloviendo mensajes. 157 y subiendo. Se me acerca Noel Rodríguez, de TV-3, y me abraza. "Solo quiero decirte una cosa, que ni es nueva ni te sorprenderá: era un puto monstruo de la comunicación. Yo tenía su clase de edición gráfica, diseño y compaginación, en la Pompeu, a las ocho de la mañana. Y te juro, te juro, que todo dios llegaba dormido y, en cuanto él cruzaba el umbral de la puerta, ¡zas!, aquello era pura pasión, todos despiertos, con ojos como platos, venga diapos, venga, marcha, venga gritos, venga gestos. Emilio, aquello era un tsunami de pasión por lo suyo, por lo que te enseñaba y por cómo te enseñaba".

167 y subiendo. Venga, otro washap. De Xavi Torres, sí, otro colega de la tele y otro amigo suyo: "Carai, Emilio! Vaya desastre! Que cruel, joder!, Lo siento mucho! Lo quería mucho! Todo el mundo lo quería mucho! Por bueno y por generoso. Carai, Emilio! Mucha fuerza".

185 y subiendo. Tengo más. Déjenlo, no les molesto. Solo quiero decirles que no se ha ido mi hermano, se ha ido un ser enternecedor, se ha ido el amigo de todos y, sobre todo, se ha ido el colega que sufría por todos. "¡Ojo, Emilio, que ese texto puede enfadar a alguien!" "¿Cómo está Ernesto, Emilio, cómo está Ernesto?, hay que defenderlo de todos, es un gran tipo y un gran entrenador". "Emilio, no escribas eso, a papá no le gustaría, no te busques enemigos, ten cuidado…"

193 mensajes y subiendo. ¡Cómo puede haber tanta gente que le quiera! Tal vez porque Carlos era contagioso en su pasión. Anoche, sí, sí, anoche, desde el hotel de Madrid me envió, a las 23.47 horas su último correo. Claro, de prensa; claro, era una portada; claro, de béisbol; claro, de 'The New York Times'…otra pasión, la pelota base, el baseball. Quería que la viese, aunque no entendiese el inglés. Era maestro a todas horas. Era amigo toda la vida. Y, sobre todo, el guardián de las esencias de los Pérez de Rozas, con permiso del tío Manolo, que ahí sigue, enterrándonos a todos y amándonos como pocos.

Ya, sí, 200 y subiendo. Cómo voy a contestarlos todos. Él, lo haría. "Emilio, hay que ser amable, hay que ser fiel, hay que ser atento, hay que ser auténtico, hay que ser amigo". Pero, sobre todo, vigila tu pluma, no se vaya a enfadar alguien. Carlos era pulcro en todo. Apasionado por el béisbol, por la fotografía, mejor, por la edición gráfica, por amar el blanco y negro aunque la vida fuese en color, por querer a los suyos y protegerlos aunque fuese en la distancia, de oídas, por teléfono.

Yo crecí con él, aprendí de él y, sobre todo, aprendí a ser amigo, fiel, inseparable. Cuando uno veía, sentía, escuchaba, rozaba el cariño, la amistad, la complicidad que Carlos sentía por Antonio Franco, el maestro de todos nosotros, el inspirador de nuestro periodismo, entendía que ser amigo y cómplice pasaba por esa relación. Por eso cuando Carmen me encargó que fuese yo quien le diese la noticia a Antonio fue cuando rompí a llorar, a berrear, cuando me di cuenta de lo que había ocurrido. Iba en el asiento trasero de un divertido Dacia, conducido por Jesús Robledo y con Alejandro Ceresuela de copiloto (dos fotógrafos únicos, extraordinarios del Mundial de MotoGP) y les pedí pararnos en la cuneta. Llamé a Antonio, suerte que cogió el teléfono Milene, su esposa. Y, entre los dos, se lo dijimos. Y, a partir de ahí, necesité quince minutos para recuperarme.

Con Carlos podías hablar de todo y acertabas. Pero debías ir con pies de plomo y zapatos de gamuza. Era vital no hacer ruido, aunque él fuese pura pasión. Era importante no faltar a la verdad y, sobre todo, que no se ofendiera nadie. Y, cuando estabas con él, él era el jefe. Incluso en el 'Berbena', el restaurante de su hijo Carlos, que le dejaba mandar, cómo no. Todo el mundo le dejaba mandar, porque su palabra, al margen de ser apasionada, era muy sensata. "¡Ojo, Emilio, con lo que escribes!".

Temo lo que vaya a ser de mí a partir de ahora sin este guardián. Él era mi freno de mano. Me temo que voy a sufrir más conflictos de los que he padecido y puedo soportar. Cada vez le quedan menos defensores a Ernesto Valverde. Hoy acaba de perder uno. El más fiel. Y positivo. Y, como relataba Noel, el tío que encendía la luz a las ocho de la mañana y subía la persiana de la vida. De la buena vida. De la vida sana. Apasionada. No se ha ido mi hermano. Ni el esposo de Carmen. Ni el padre de Carlos. Ni el amigo de Antonio. Se ha ido el sereno de nuestras vidas, el que procuraba que no nos saliésemos de madre. Esto será un sinvivir a partir de ahora. Ya verán.