25 oct 2020

Ir a contenido

CON INTERÉS

Un viajero en el Aeropuerto de Barcelona. 

RICARD CUGAT

Sufrir para viajar

Josep M. Berengueras

Ir al aeropuerto no debería ser una experiencia que genere rechazo

Algo se habrá hecho mal cuando una acción tan placentera como viajar comienza y acaba con una experiencia llena de sufrimiento: todo lo que sucede en los aeropuertos. Las huelgas, los retrasos, la falta de información, los precios y los espacios convierten lo que debería ser un mero trámite en un proceso lento, a veces agobiante, incómodo y que repercute en la imagen de los países.

Los trabajadores, como no puede ser de otra manera, tienen todo el derecho a hacer huelga cuando lo consideren oportuno, aunque bien es cierto que los viajeros agradecerían que no se les tome como rehenes y vean como sus vacaciones se truncan. Hace dos años, con el paro de Eulen, pasó (hubo pérdidas de vuelos); y este año con los paros habidos y por haber de personal de tierra, tripulantes y pilotos, miles de personas se han quedado y quedarán en tierra. Con la huelga de vigilantes que comenzó ayer, al menos por el momento, los ciudadanos tienen que acudir antes al aeropuerto y esperar más para pasar los controles, pero es solo un pequeño precio asumible siempre que puedan coger su vuelo. 

El problema de la experiencia en los aeropuertos, sin embargo, va mucho más allá de que unos empleados reivindiquen sus derechos. Es una cuestión de vivencia completa, de dedicación y aprovechamiento de recursos, de diseño. Pero también de transporte, de compañías aéreas, de saturación del cielo,  de inversión, de normas absurdas... Un popurrí amplio, complejo, con muchos actores implicados y donde, habitualmente, cuando algo no funciona unos echan la culpa a los otros. Pero si algo siempre pasa es que el pasajero es el que acaba sufriendo.

Ir al aeropuerto no debería ser una experiencia que genere rechazo. De hecho, hay muchos países donde no es así: el ránking de Skytrack que mide los mejores aeropuertos del mundo, sitúa el de Changi de Singapur como el mejor del mundo (van siete años seguidos). Hay otros premios: al más limpio (Tokio Haneda), al de mejor personal (Tokio Narita), al mejor para hacer tránsitos (Seúl Incheon)...

Los mayores aeropuertos españoles (Madrid-Barajas y Barcelona-El Prat) no están del todo mal situados en la lista (35 y 43, respectivamente). En diseño cumplen, y en muchos otros aspectos, también: cualquier que se haya paseado por Europa habrá vivido experiencias  peores. Pero para que la experiencia sea mucho mejor se deberían solucionar problemas como la falta de controladores o policías que revisan pasaportes, los raquíticos salarios que se cobran en algunas concesionarias o el precio que se paga por los alimentos.