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Protesta este viernes en el Distrito Central de Hong Kong.

AFP / LAUREL CHOR

La partida china en Hong Kong

Ramón Lobo

Pekín lleva años minando la autonomía para asegurarse el control de la isla antes del 2047, cuando caducan los acuerdos de descolonización

China libra varias batallas simultáneas y es posible que pueda ganarlas todas a medio y largo plazo. Una, contra EEUU –¿o es al revés? –, que se disfraza de subidas arancelarias y tarifas, bloqueos a Huawei y devaluaciones sorpresa. La otra, en Hong Kong. Los conspiranoicos pensarán que todo está unido, que detrás de la respuesta de la calle hongkonesa está la mano de Occidente. Es una visión demasiado simple. Son batallas paralelas pero no conectadas, al menos, de momento.

La crisis de Hong Kong se explica en sí misma. La excolonia británica tiene un estatuto de autonomía que surgió de los acuerdos de descolonización de 1997, bajo el principio “un país, dos sistemas”. Caduca en el 2047. Pekín lleva años minando la autonomía para asegurarse el control antes de esa fecha.

Hay tres fechas claves para entender lo que está sucediendo. En el 2003, las autoridades chinas quisieron imponer su sistema de educación. Hubo grandes protestas. Pekín tuvo que recular. Empleó otra vía para conseguir lo que buscaba. Cambió los libros de texto, algo fácil pues todas las editoriales son suyas. Después, en el 2014, llegó la llamada “revolución de los paraguas”, que sacó a cientos de miles de personas a la calle. La demanda principal era elegir al jefe/a de Hong Kong por sufragio universal directo. En este asunto no lograron resultados. La tercera llegó este año con las movilizaciones de rechazo a la ley de extradición. Las presión de la calle obligó a su retirada, pero a los manifestantes ya no les basta, lo quieren todo: democracia y libertad aseguradas más allá de 2047.

Pérdida de apoyos

Las protestas callejeras han sido tan civilizadas que la policía advertía de las cargas e informaba después del número exacto de lanzamientos de botes de humo. Después de las marchas, los activistas recogían la basura. Pero algo se torció cuando miles de jóvenes asaltaron el 2 de julio el Parlamento. Esas imágenes de violencia les hicieron perder apoyos. Es lo que busca China.

El Gobierno de Xi Jinping ha lanzado una velada amenaza hace unos días al hablar de “caos” y de “daños a la economía” tras dos meses de protestas. Los acuerdos de 1997 contemplan la intervención directa de Pekín en caso de grave peligro. De momento, esa intervención sería contraproducente, habría muertos y recordaría a Tiananmen. No es lo que más le conviene a la paciente Pekín, que siempre trabaja a una o dos generaciones vista.

Parte de la reciente violencia se debió a la presencia de miembros de la triada (mafia china) que atacaron con palos a los manifestantes. Una minoría ha contestado armándose también con bastones para defenderse aunque ha terminado por atacar a la policía. Pese a que los violentos no superan los 20.000 han manchado a todo el movimiento democrático. La creación del escenario caótico marcha por buen camino.

El peso económico

El acuerdo de 1997 recogía la entrada diaria de 150 chinos, seleccionados por Pekín, para integrarse a vivir y trabajar en Hong Kong. El objetivo es cambiar la estructura poblacional. El tiempo juega a favor de China. La ciudad china de Shenzhen, al otro lado de la frontera, ya ha superado a Hong Kong en peso económico. Una crisis no tendría tanto impacto para Pekín.

China es la superpotencia emergente que discute el poder global a EEUU. Se calcula que en el 2030 superará a EEUU. El hecho de que Donald Trump sea el presidente es una prueba de que el imperio está en decadencia y los bárbaros se acercan a las murallas de Roma. La diferencia es que esta vez no son bárbaros, sino una gran civilización que regresa tras siglos de atraso y pobreza. Ya no es el país que lo copiaba todo, desde edificios, joyas y relojes. Ahora fabrica originales. Sus avances tecnológicos son asombrosos.

El poder militar

Uno de los puntos potenciales de un conflicto militar con EEUU son las islas artificiales del mar de la China. Xi dijo en su día que eran centros de observación meteorológica. Cuando EEUU quiso reaccionar se encontró con bases militares fuertemente armadas. Otro es Taiwán, una isla renegada para Pekín y un Estado independiente para el resto del mundo, que observa los acontecimientos con cautela porque pueden ser los siguientes.

Los jóvenes hongkoneses juegan con la baza de la presión de Occidente, que no pasará de la protesta verbal. Hablamos de un territorio de soberanía china de 1.100 kilómetros cuadrados y de 7,4 millones de habitantes. Nadie va a empezar una guerra en defensa de sus habitantes. O tal vez sí. Vivimos tiempos confusos en los que, de momento, desaparecieron las certezas.

Temas: China Hong Kong