27 feb 2020

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ANÁLISIS

Plegarias en El Paso después del tiroteo en la ciudad.

JOSÉ LUIS GONZÁLEZ / REUTERS

Armas, odio y plegarias

Joan Cañete Bayle

Las matanzas se repiten una y otra vez sin que los estadounidenses logren romper esa trampa que convierte el derecho a portar armas en un rasgo de la identidad del país

El odio combina mal con todo. Con la convivencia, con la racionalidad, con una conversación pública y política civilizada. Y con las armas, por supuesto. El autor del tiroteo del centro comercial de El Paso dejó escrito un texto en el que habla de "una invasión hispana de Tejas” y alerta del riesgo de que "la abundante población hispana en Tejas” convertirá el estado en un "bastión de los demócratas”. E idolatraba a Donald Trump, qué sorpresa. Parece ser que a juicio del pistolero solo hay una cosa peor que un hispano: un demócrata. Si el autor del tiroteo fuera musulmán y  hubiera asesinado a inocentes en nombre del islam, estaríamos hablando de terrorismo.

“Envíalas de regreso”, coreaban los asistentes a un mitin de Donald Trump en referencia a cuatro congresistas demócratas que no son ni blancas ni protestantes: latina, negra, musulmana. Los discursos de odio han existido siempre. Odio racial, misoginia, odio al que piensa, siente, ama o desea diferente. Cuando ese discurso de odio emana desde las instituciones, cuando se justifica de forma activa o pasiva, cuando no se condena sino que se incentiva, cuando se legitima, siempre puede haber alguien que se crea en una misión divina. Si tiene armas a su alcance, la tragedia está servida.

Coraje político

Las armas combinan mal con todo. Con la desesperación, con la ira, con la pobreza, con la falta de esperanza. Y con el odio, por supuesto. Al día siguiente del tiroteo de El Paso, se produjo otro en Dayton (Ohio), el tercero en un solo una semana en Estados Unidos. La historia no por repetida, deja de impactar: las matanzas se repiten una y otra vez sin que los estadounidenses logren romper esa trampa que convierte el derecho a portar armas en un rasgo de la identidad del país y sinónimo de libertad. Da igual los datos (se calcula que hay alrededor de 90 armas por cada 100 ciudadanos estadounidenses, desde mediados de los años 90 ha habido más tiroteos en centros educativos de EEUU que en todos los países del resto del mundo juntos, lo cual incluye zonas de conflicto) y el puro sentido común, no hay líder político que tenga el coraje de alzarse contra tanta sangre.

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La cobardía (política, periodística, social), el deseo de quedar bien con todos y de no ofender por los votos o la audiencia, combina mal con todo. Con la responsabilidad social, con el rigor, con el sentido elemental del deber. Y por supuesto con el odio y las armas. Políticos y periodistas estadounidenses ofrecerán sus plegrarias por las víctimas. La prensa europea dirá que se reabre el debate de las armas. Exagera, nunca hay un debate serio sobre armas en EEUU, solo cosmética, maquillaje que no oculta los rastros de sangre. La Segunda Enmienda de la Constitución, esa norma pensada y redactada para la sociedad del siglo XVIII, es intocable. Es un asunto de dinero, cierto (el lobi de la Asociación Nacional del Rifle) e ideológico (el esencialismo republicano), pero también de cobardía. El progresismo estadounidense nunca se ha atrevido a hacer bandera de forma decidida de la prohibición de portar armas. Llora, reza, se lamenta, amaga, intenta reformar. Pero no tiene la voluntad política de hierro y el talante casi suicida que implica emprender una guerra que sin duda acabaría en el Tribunal Supremo. Sobran cálculo y cautela y faltan principios.

Las lágrimas, los rezos los lamentos y la falta de principios, combinan mal con las armas. Las balas los atraviesan con suma facilidad.