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NÓMADAS Y VIAJANTES

Hamza bin Laden.

EFE

El Estado Islámico sigue siendo un problema; Al Qaeda, menos.

Ramón Lobo

Es posible que este mundo no sea más seguro con la presunta muerte de Hamza bin Landen, y que lo será menos mientras sigamos diferenciando los atentados que suceden en Europa de los que matan en Kabul o Mogadiscio

Algunos libros de estilo periodísticos desaconsejan la expresión servicios de inteligencia; mejor servicios de información o de espionaje. Siempre supuse que era porque ese tipo de agencias no son siempre inteligentes. No lo fueron para detectar los preparativos del 11-S, el mayor atentado de la historia en suelo de EEUU, tampoco en el 11-M en Madrid o el atentado de Barcelona en agosto del 2017.

Fuentes no identificadas de estos servicios han filtrado al 'The New York Times' y a las cadenas de televisión NBC y CNN la noticia de la muerte en un bombardeo de EEUU de Hamza bin Laden, supuesto jefe de Al Qaeda, e hijo favorito de Osama. No hay fecha concreta (“en los dos últimos años”) ni lugar. Lo más sorprendente es que Donald Trump no haya comentado nada. Ni siquiera un tuit sobre el asunto.

Solo sabemos que en algunos canales de Telegram, un servicio de mensajería que se supone más seguro que WhatsApp, próximos al grupo se ha discutido sobre su muerte. Tampoco sabemos demasiado de Ayman al-Zawahiri, mano derecha de Bin Laden, y al que se supone vivo y en control del grupo.

La realidad es que Al Qaeda quedó muy dañada tras la muerte de su fundador, jefe y figura mítica en los ambientes yihadistas radicales. Un equipo de élite de la Marina de EEUU acabó a tiros con la vida de Osama bin Laden, el 1 de mayo del 2011, en Abbottabad (Pakistán). Las fuerzas estadounidenses se llevaron el cuerpo y documentación que ha permitido conocer mejor el funcionamiento del grupo y de sus sistemas de comunicación interna.

En los últimos años, Al Qaeda ha divulgado 11 audios de Hamza bin Laden en los que amenaza con acciones de venganza en Occidente. Desde marzo del 2018, silencio. Ni siquiera cuando el Gobierno saudí le retiró la nacionalidad.

Primera línea

Al Qaeda ha estado en primera línea en la guerra de Siria, sobre todo en los primeros años, a través del  Frente Al Nusra, que le rindió pleitesía. El grupo cambió de nombre y se alejó de Al Qaeda, al menos formalmente. La realidad es que el crecimiento del Estado Islámico de Irak y Levante (ISIS), que empezó como una franquicia de Bin Laden cerca de Bagdad, le ha restado protagonismo en Siria y en el mundo islámico. Al Qaeda es hoy solo una marca.

El líder del Estado Islámico, Abu Bakr al Baghdadi, se proclamó califa en Mosul en junio de 2014, clave para entender las diferencias entre los dos grupos. Sus fuerzas llegaron a controlar amplias zonas de Siria e Irak. La caída de Baguz, su último bastión en Siria, en marzo de este año, supone su derrota, pero no su desaparición como aseguró Trump. Proclamar victorias demasiado pronto es un defecto occidental. Lo hizo George W. Bush en mayo del 2003, dijo “misión cumplida” cuando iba a comenzar la verdadera guerra en Irak.

El Estado Islámico perdió su territorio en Siria debido a una extraña alianza, o por la actuación en paralelo de EEUU, que apoyó con su aviación a la guerrilla kurda, y de Rusia, que bombardeó en favor de las tropas de Bachar el Asad. Muchos milicianos siguen durmientes en Siria; otros han regresado a Irak donde esperan una nueva oportunidad. Miles de combatientes extranjeros con pasaporte europeo, o sus mujeres e hijos, tratan de regresar a sus países. A finales del 2018 eran 3.000. El Estado Islámico sigue siendo un problema; Al Qaeda, menos.

Invasor extranjero

El grupo de Bin Laden capturó el sentir de la calle árabe, que vive la actitud de Occidente como un maltrato colonial. El Estado Islámico logró algo más: un territorio (el califato), un lugar real desde el que proclamar la yihad contra el invasor extranjero. Por eso tuvo tanto éxito en movilizar decenas de miles jóvenes de todo el mundo. Era la llamada del califa para defender un territorio del islam. Hoy quedan sus rescoldos en Irak y Siria, y franquicias en Libia, Nigeria, Malí y Somalia.

Es posible que este mundo no sea más seguro con la presunta muerte de Hamza bin Landen, y que lo será menos mientras sigamos diferenciando los atentados que suceden en Europa de los que matan en Kabul o Mogadiscio. Nadie está atacando nuestro sistema de vida, nuestra libertad, como dicen algunos políticos. Somos nosotros los responsables, los que vendemos armas a espuertas a países árabes corruptos que las usan después en Siria y Yemen. El primer paso es saber distinguir las víctimas de los verdugos, sin importar su apellido, raza o religión.