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A pie de calle

Un grupo de jóvenes disfruta del atardecer en la playa de La Concha de San Sebastián.

EFE / JAVIER ETXEZARRETA

Como una noche de verano a la orilla del mar

Francina Martí

El tiempo de vacaciones permite otra forma de educarnos. No es un tiempo para estar sin hacer nada, sino que nos conecta con actividades imprescindibles para todo ser humano

Dedicado a todas las personas que educan desde el ocio y que dedican su verano a los niños y jóvenes.

Hace días que las escuelas han cerrado las puertas, y no se abrirán y se llenarán de niños y adolescentes hasta mediados de septiembre. Estos días las conversaciones se llenan de los tópicos de la temporada: que si las vacaciones escolares son demasiado largas, que si se tienen que hacer deberes de verano para que los niños no olviden todo lo aprendido... Hay algo que falla, o que no hacemos bien, si lo que aprendemos en la escuela durante diez meses lo olvidamos en dos. La escuela no puede tener como único objetivo preparar para el mañana, preparar para el mercado laboral, y dejar en segundo término una educación integral que tenga cuidado de todas las dimensiones de la persona y no únicamente de los contenidos intelectuales y memorísticos, una educación que ayude a desarrollar al máximo el potencial de cada niño.

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A menudo, el tiempo de la escuela es un tiempo de urgencias: de programas, calificaciones, informes, que no dejan espacio a los aprendizajes esenciales. En cambio, el tiempo de vacaciones permite otra forma de educarnos. El ocio y el tiempo libre, tan presentes en verano, no son tiempos para estar sin hacer nada, sino que nos conectan con actividades imprescindibles para todo ser humano: ver por ver, saber por saber, explorar por explorar... Estos días es tiempo de actividades de verano, de colonias, campamentos, rutas a pie ... Y tenemos la suerte de contar en el país con un gran tejido de asociaciones, de ‘esplais’, de escultismo, que fundamentan su actividad en la educación de unas esferas del crecimiento personal muy importantes: la vida en plena naturaleza y la vida con los demás, dos esferas básicas para el desarrollo y el bienestar del ser humano y de la vida colectiva.

En un tiempo en que como sociedad vivimos una profunda desconexión de la naturaleza, es cuando tienen más sentido y más valor que nunca actividades aparentemente tan sencillas como dormir al raso, observar un cielo lleno de estrellas, disfrutar de los eclipses de luna y de la lluvia de estrellas, bañarse en el río, zambullirse en el mar, hacer rutas a pie... Con estas vivencias aprendemos cosas que no olvidaremos ni en dos meses ni en muchos años.

Estos tiempos y espacios de ocio son momentos en que se pone la energía en la buena convivencia, en establecer lazos de amistad a partir de valores como el respeto y la cooperación. Son espacios que fomentan el crecimiento de la responsabilidad y de la libertad personal, experimentando el placer de vivir con los demás y hacer cosas juntos. De hecho, la escuela que comienza en septiembre debería ser la continuación de los aprendizajes del verano, y deberíamos trabajar para que los diez meses de escuela no hagan olvidar todo lo que hemos aprendido en las vacaciones. Es decir, tenemos que encontrar la manera de dar un tiempo y un espacio a las experiencias que fomentan un aprendizaje más profundo y duradero. Una escuela que debería ser como una noche de verano en la orilla del mar y no como una isla aparte, desconectada de la vida propia y de la colectiva, que nos haga más humanos. Una escuela que no solo prepare para el mañana, sino que tenga sentido en el hoy, conectada con la vida, y que sea la vida misma.