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Combo de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias durante el debate de investidura que se saldó con la segunda votación fallida para el socialista.

EFE

Decepción e incertidumbre

Eulàlia Vintró

Parece mentira que siendo tan trascendente este pacto se haya estropeado de una manera tan grosera y deje la puerta más abierta a la derecha

Es evidente que las perspectivas favorables de la semana pasada para formar gobierno se han frustrado y que, dada la complejidad política actual, es arriesgado formular predicciones sin tener en la mano todos los datos.

Hoy, fracasadas las dos sesiones de investidura, podemos constatar que se han mantenido los votos favorables, 123 socialistas y uno del Partido Regionalista de Cantabria, y que las abstenciones han subido de 52 a 67, con el cambio de ERC del voto negativo a la abstención y la corrección del voto de Irene Montero; los votos negativos han quedado en 155, cifra curiosa y connotada muy negativamente en Catalunya. Igualmente es perceptible la decepción entre las personas que votaron a favor de la izquierda y que el día 28 de abril confiaban en la constitución de un gobierno progresista con un programa ambicioso, consensuado y destinado a dar satisfacción a las muchas necesidades de la ciudadanía.

Y la decepción obedece no solo al resultado final sino también, y muy especialmente, al procedimiento seguido: arrogancia, desprecio del presumible socio, mentiras, utilización partidista de los medios, manipulación de los documentos, aparente prioridad a la composición del gobierno por encima de la concreción programática, descalificaciones personales y políticas, en definitiva una serie de despropósitos que no solo han hecho imposible el acuerdo sino que dejan en el aire la vía para volver a dialogar y recuperar la confianza dañada. Más allá de la poca cultura de pactos, uno se pregunta si pueden formar parte de un mismo gobierno o firmar un acuerdo programático partidos y dirigentes que se han enfrentado públicamente de forma agresiva e irresponsable.

Si el candidato Pedro Sánchez no quería, ni quiere, un gobierno de coalición con Unidas Podemos, no tenía que hacer perder el tiempo, ni las ilusiones a más de once millones de votantes y tampoco tenía que simular que estaba abierto a todas las alternativas, de centro, de derecha y de izquierda. Quien acepta el encargo del Rey tiene que dialogar, negociar, contar los votos e ir a la investidura de manera segura y seria. No puede dejar para los tres últimos días la redacción del programa conjunto y la concreción del equipo cuando se le pinchó la burbuja prefabricada del veto a Pablo Iglesias que, así lo creía, le permitiría cargar en el líder de Podemos la culpa del desacuerdo.

Parece mentira que siendo tan trascendente este pacto se haya estropeado de una manera tan grosera y deje la puerta más abierta a la derecha. Quizás hay otras cuestiones de fondo y algún día se conocerán. Si existen, Unidas Podemos debería revelarlas y paliar sus errores.

Ahora estamos sumidos en la incertidumbre. Y en la desconfianza. Sería lógico que hubiera una segunda sesión de investidura y que Sánchez renovara la candidatura. Pero no es fácil fiarse de quien desperdició tres meses para pactar y solo ha ganado una adhesión. Dice hoy lo mismo que en abril. ¿Lo cambiará? ¿En qué dirección? No basta con ser investido, hay que gobernar y hacerlo con una mayoría suficiente y sólida que difícilmente le puede dar ningún partido de derechas. ¿Aceptará Unidas Podemos un pacto a la portuguesa? Y si no hay investidura, elecciones el 10 de noviembre. El colmo de los despropósitos para España y su ciudadanía.

No nos lo merecemos. Harían bien de tenerlo muy presente