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El debate de investidura

Las razones de un fracaso

LEONARD BEARD

Las razones de un fracaso

Joan Tapia

La prioridad no es ya el confort moral de una izquierda dividida, sino que no se repitan las elecciones y los españoles tengan un Gobierno

Cuando se cumplen ya tres meses de las elecciones del 28 de abril, los 26,4 millones de españoles que fueron a votar, el 71,7% del censo, se encuentran sin un Gobierno que pueda afrontar con autoridad los grandes problemas del país. Y ello tras un debate de investidura muy tenso, en el que los nuevos partidos, los que decían encarnar la regeneración, se han mostrado todavía más torpes que los de la 'vieja política'.

Los ciudadanos tienen, pues, todo el derecho a sentirse decepcionados, enfadados y frustrados. Es cierto que la capa protectora de la UE evita el peligro inmediato. Sin ese paraguas, el temor de los mercados al desgobierno castigaría a la peseta y es posible que entonces la derecha, e incluso Podemos, hubieran tenido otra actitud. Es cierto que con un sistema vasco –donde en la segunda votación los noes están prohibidos y solo se puede votar al candidato o abstenerse– Pedro Sánchez ya estaría elegido. Pero vivimos en el marco actual con sus activos y pasivos. Y la investidura ha fracasado.

Es un fracaso colectivo y hay múltiples culpables, pero el candidato no ha cumplido la misión que le encargó el electorado y el Rey. ¿Por qué?

Sánchez no
logró 
sacar la investidura pese a la fuerte presión sobre Iglesias de IU, ERC, PNV y Bildu

Sánchez tiene razón en que el peso de 123 diputados (y subiendo) es mucho mayor que el de los 42 (y bajando) de un partido inestable. Y que sería un riesgo que Podemos, un grupo que se sitúa en un extremo europeo, gestionara Hacienda o Trabajo. Como le dijo el portavoz del PNV Aitor Esteban a Iglesias, tener la confianza social requiere tiempo y coherencia. No broncas discusiones sobre cómo alcanzar el cielo. 

El precedente de Mitterrand

Pablo Iglesias ya hizo fracasar la investidura de Sánchez en el 2016 tras exigir la vicepresidencia y el control del CNI. Y acordar un Gobierno de coalición sin un previo programa común y unos mínimos de confianza es difícil. Mitterrand gobernó en Francia dos años con los comunistas (de 1981 a 1983) solo tras haber ganado las elecciones con un programa común. Y la gran coalición alemana CDU-SPD se mantiene desde hace años con un programa negociado, pese a las diferencias ideológicas, las desavenencias políticas e incluso los fracasos electorales. Con resultados no sobresalientes, pero sí aceptables.

¿Por qué Sánchez no exigió la negociación, previa a la discusión de cargos, de un programa común? Creía que el modelo portugués o danés –Gobierno de la izquierda blanda con pactos con la izquierda radical que sabe que no puede aplicar su programa– era lo más conveniente. Y tenía razón porque las diferencias son profundas. Sobre Catalunya, con la sentencia del Supremo en el horno. Pero también sobre la política europea. El PSOE sabe que –una vez en el euro– la autonomía en política económica y social no es ilimitada. Iglesias cree que España puede inventar un nuevo modelo y que Alemania y Francia tendrán que admitir lo que sus gurús de las facultades de Madrid crean más conveniente. ¿Quién es ese Draghi frente a un referéndum de Podemos? Exagero, pero poco.

Una coalición muy acotada

Por eso, Sánchez no quiso negociar un programa común y solo aceptó una coalición muy acotada. Discutir el programa era admitir en público que las diferencias en la izquierda son hondas y que el buen rollo ni basta ni existe. Y que si no había acuerdo debería explorar otros caminos, lo que también era complicado por la evolución de Albert Rivera, que está perdiendo las estrellas de su banda, y porque la prioridad de Casado es reconstruir el PP que ha bajado de 137 a 66 escaños. Lo más práctico –creyó– era tender la mano a Iglesias que acabaría entrando en razón porque el PSOE tenía mejores cartas y Podemos no podría soportan el coste de impedir por segunda vez una investidura socialista. Ha estado a punto de pasar –Iglesias llegó a renunciar al Ministerio de Trabajo que dos horas antes exigía como una línea roja–, pero el intento ha naufragado. 

Ahora lo urgente es tener Gobierno. Sánchez tiene la legitimidad y el deber de conseguirlo. Pero debe haber aprendido la lección. No puede repetir que quiere un pacto progresista con Podemos, con la abstención del PP y Cs (o de uno de los dos), para que la investidura no dependa de los independentistas. Sería quizá lo mejor, pero tampoco fue la fórmula con la que sacó la moción de censura. Si Sánchez no logra con rapidez un acuerdo razonable con Podemos (difícil porque Iglesias, como Fraga el Estado, cree tener toda la izquierda en la cabeza) tendrá que trabajar sin complejos otros caminos. La prioridad ahora no es el confort moral de una izquierda dividida, sino que los españoles tengan Gobierno.