Ir a contenido

análisis

Un manifestante con la careta de Boris Johnson ayer frente al Palacio de Buckingham.

REUTERS / HENRY NICHOLLS

Mentiroso compulsivo

Cristina Manzano

Como el mejor de los populistas, Boris Johnson levanta pasiones, a favor y en contra y son ya varios los que le quieren presentar como el Trump británico, pero se equivocan

Con esa contundencia que le caracteriza, con ese dominio del lenguaje del que hace gala, Boris Johnson ha hecho su primera intervención como primer ministro del Reino Unido, después de recibir el encargo de Isabel II.

Un discurso que ha tratado de alejar los fantasmas que ha concitado el 'brexit' y de recuperar, ya sea por la fuerza de la bandera, de los valores, o de su propia fe en sí mismo, el papel de potencia global que, según él, le corresponde por historia –y por infusión divina, le faltaba decir- a su país. Incluso ha hecho referencia al humor como elemento distintivo del ser británico, un guiño también a su capacidad para provocar sonrisas.

Será por su trayectoria como mentiroso compulsivo, será porque las letanías a favor de la grandeza de los pueblos están muy manidas estos días, desde este lado del Canal ha sonado poco convincente; aunque es probable que a su corte de 'groupies' les haya hecho erizar el vello de sentido patriótico.

Johnson ha declarado su deseo de llevarse bien, lo mejor posible, con la Unión Europea, eso sí, afirmando sin paliativos que su país saldrá de ella el 31 de octubre y definiendo de paso como no democrática la salvaguarda irlandesa. Empezamos mal.

El nuevo primer ministro tiene ahora por delante tres desafíos fundamentales: el primero, el 'brexit', claro. Atascado en un aparente callejón sin salida y con la tremenda presión de un reloj que sigue corriendo y consumiendo plazos. El segundo, unir a su propio partido. La clara ventaja que le han dado los afiliados a la hora de elegirlo sobre su rival no debe llevar a engaño: los 'tories', cuyo objetivo vital es seguir existiendo, están más divididos que nunca y la ruptura con la Unión está siendo una brecha difícil de salvar. Varios ministros de Theresa May han dimitido ya, y otros pretenden hacerlo, por no compartir ni el fondo ni la forma de los postulados de Johnson.  El tercero… todo lo demás. Para empezar, la reciente y compleja crisis con Irán; para seguir, todos los otros temas que llevan tres años aparcados por el ensimismamiento del Gobierno con el divorcio europeo.

Huella en la ciudad

Son desafíos enormes, existenciales y es difícil imaginar que un hombre como Boris Johnson pueda afrontarlos con éxito. Poco creíble, poco fiable, poco sólido… su paso por la alcaldía de Londres fue cómodo para él, pero no dejó huella en la ciudad. Su paso por el Foreign Office fue desastroso. 

Entre los posibles escenarios que se abren a partir de hoy muchos acaban pasando por un posible adelanto electoral. Igual que hizo su antecesora, querría contar con el respaldo firme de los votantes para llevar a cabo sus planes, lo cual, en estos momentos, sería como una ruleta rusa. 

Como el mejor de los populistas, Boris Johnson levanta pasiones, a favor y en contra. Son ya varios los que le quieren presentar como el Trump británico. Se equivocan, sin embargo. Más allá del color del pelo, al menos el inglés es leído, articulado y hace gracia. A veces.  Para un programa de televisión no está mal. Dirigir el Gobierno de uno de los Estados más importantes del mundo es otra cosa.