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La nueva cultura económica

Eso no es el mercado, amigo

LEONARD BEARD

Eso no es el mercado, amigo

Antón Costas

No se puede utilizar el nombre del mercado en vano. Los mercados no son amorales. Lo son las conductas de algunos de los que se mueven dentro de ellos

Hace unas semanas quedé con una de mis hijas de que me encargaba yo de ir a recoger a mi nieto a la guardería. Pero me confundí con la hora. Mi hija me llamó para saber qué ocurría, porque le habían llamado de la guardería debido a que nadie pasaba a recoger al niño. Le expliqué mi confusión con la hora y le dije que cogía un taxi y llegaba en 15 minutos. Me dijo que no me preocupara, que no corriese, porque se arreglaba pagando una «multa» por el retraso. 

La solución de pagar con dinero mi retraso no me dejó tranquilo. Pensaba en las profesoras que estaban esperando y a las cuales les había roto sus planes. Fui lo más rápido que pude y me disculpé. Supongo que ahora mi hija pagará la multa.

Este suceso me hizo recordar un experimento en guarderías de Israel. Como los padres llegaban tarde a recoger a sus hijos, los centros decidieron introducir un sistema de multas por retraso. Pero el remedio fue peor que la enfermedad. En vez de disminuir, el número de padres que se retrasaban en ir a recoger a sus hijos aumentó. La causa fue que lo que antes era visto como una obligación moral de los padres con los cuidadores, el recoger los niños a la hora convenida, fue visto a partir de ese momento como una simple transacción económica. El compromiso moral desapareció y fue sustituido por una simple contraprestación dineraria.  

Fuerte relativismo moral

Ha sucedido algo similar en otros ámbitos de las relaciones sociales en las últimas décadas. Se ha introducido un fuerte relativismo moral. A la hora de juzgar lo que es bueno o malo, lo que es justo o injusto, en nuestras relaciones y decisiones, el criterio económico ha desplazado otras dimensiones no dinerarias de la conducta, como el compromiso moral con los demás y con la sociedad. 

En el ámbito de las relaciones empresariales, algunos directivos consideran que si indemnizan, de acuerdo a la ley, pueden hacer los ERE que quieran. El hecho de que los empleados hayan dedicado su vida a la empresa parece no requerir un compromiso recíproco por parte de esta. O que cuando deciden trasladar las fábricas de un lugar a otro, piensen que no tienen ningún deber de lealtad con la comunidad que les ayudó a crecer. O que, a la hora de pagar impuestos por las actividades comerciales, como la ley se lo permite, las grandes corporaciones puedan situar su sede fiscal donde mejor les convenga en vez de donde obtienen sus ganancias.  

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A la hora de justificar este tipo de conductas, directivos, financieros e inversores acostumbran a escudarse en las «leyes del mercado». «¿Esto es un saqueo?», se preguntó retóricamente Rodrigo Rato cuando fue interrogado sobre las cuestionables conductas de la salida de Bankia a Bolsa.  «No, es el mercado, amigo», intentando sacudirse la responsabilidad en el fraude que significó esa operación.  

No se puede utilizar el nombre del mercado en vano. Los mercados no son amorales. Lo son las conductas de algunos de los que se mueven dentro de ellos.  El mercado, es decir, las relaciones entre compradores y vendedores de bienes y servicios, o entre empleados y empleadores, no son un territorio del que se hayan excluido las obligaciones morales y sociales. Al contrario, la buena economía enseña que el mercado es una institución económica que tiene una intensa dimensión moral. El mercado se puede defender desde el lenguaje de las virtudes cívicas. 

Por igual a ambas partes

Solo se puede hablar de «mercado» cuando la transacción o el contrato beneficia por igual a ambas partes. El contrato laboral tiene que beneficiar por igual a empleadores y empleados, de lo contrario no se puede hablar de relaciones de mercado. No hay mercado cuando la transacción o el contrato beneficia únicamente, o de forma desequilibrada, a una sola de las partes.  

La economía de mercado ha sido el sistema económico que mayor prosperidad y bienestar ha creado en la historia de la humanidad. Las clases medias del segundo tercio del siglo pasado –los 'Treinta Gloriosos'– fueron el resultado de que la economía de mercado creó prosperidad inclusiva. La sociedad tiene motivos para ser amable con las actividades empresariales ('business friendly'). Pero en las últimas décadas ha surgido una nueva cultura económica. Y una parte de la sociedad ha utilizado el mercado en beneficio propio. Es lógico, por tanto, que haya aparecido un cierto recelo social. Necesitamos remoralizar el mercado para construir una sociedad buena y decente.