26 feb 2020

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Crispación entre partidos

Pablo Iglesias, ante Pedro Sánchez, en una imagen del pasado octubre, en el Congreso de los Diputados.

JOSÉ LUIS ROCA

La negatividad del debate político

Berta Barbet

Las campañas centradas en las críticas a las personalidades de los oponentes pueden tener fuertes efectos desmovilizadores

Lo estamos viendo estos días en las negociaciones entre Sánchez e Iglesias, pero no son un fenómeno exclusivo de las últimas semanas. El debate político tiene a tener un foco muy negativo. Los ataques y acusaciones son más comunes que los discursos propositivos alabando el proyecto propio. Los políticos salen de forma regular a utilizar su tiempo en antena para explicar los errores, fallos y deficiencias de los oponentes, más que a proponer sus propuestas y fortalezas.

Este hecho, muy típico de todas las democracias, parece justificarse por el sesgo de negatividad de nuestras mentes. Un sesgo que haría que nos fuera más fácil recordar las informaciones negativas que las positivas. De modo que sería más fácil que recordáramos los motivos para votar a un candidato si se han presentado en términos de cómo de malos son los otros, que si se presentan en positivo. De hecho, algunos estudios demuestran que los votantes pueden percibir los mensajes negativos como tan o más útiles que los positivos.

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No obstante, que los mensajes y críticas al oponente puedan llegar a ser útiles no implica que no tengan sus riesgos ni que siempre funcionen. La evidencia que sostiene sus efectos no es irrefutable ni aplicable a todos los contextos. Como demostró Young Ming en un estudio publicado en el 2014, las campañas negativas centradas en las críticas a las personalidades de los oponentes y no sus propuestas pueden tener fuertes efectos desmovilizadores. El efecto informativo de los mensajes negativos puede desaparecer y generar, en su lugar, alienación y frustración.

Harían bien, por lo tanto, nuestros políticos en vigilar con el tono y contenido de sus mensajes. Especialmente aquellos que necesitan niveles de participación altos no se pueden permitir un debate de tono excesivamente amargo y alejado de lo que los ciudadanos consideran informativo. El sesgo de negatividad sirve para que recordemos mejor los mensajes, pero también genera emociones negativas hacia la política, difícilmente contrastables.