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Dos miradas

Huella humana sobre la superficie lunar, el 20 de julio de 1969.

JOHNSON SPACE CENTER HOUSTON

Imantación lunar

Josep Maria Fonalleras

En la llegada histórica a la Luna de 1969 se juntaban dos factores contradictorios que están en la base de la imantación lunar: la proximidad con la que la observamos y la simbolizamos y la enorme distancia que nos separaba aquella noche que la pisamos

Lo que recuerdo, de una noche como la de este sábado hace 50 años, es haber sacado la cabeza por la ventana con la intención de ver cómo aquellos minúsculos humanos, a miles de kilómetros de distancia, pisaban la Luna. Ya habían salido en la televisión (aquel brinco hasta la superficie), pero lo que yo quería era comprobar de verdad que habían llegado y se paseaban; quería ver la silueta de los astronautas recortada contra la luz del satélite. La verdad es que, a estas alturas, no sé si la Luna estaba llena y, pues, si era posible aquella ilusión, pero recuerdo fervientemente que incluso los saludé.

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La atracción hacia la Luna ha sido siempre intensa y, en la llegada histórica de 1969 se juntaban dos factores contradictorios que están en la base de la imantación lunar. La proximidad con la que la observamos y la simbolizamos: "como una chica casta", escribía Carner; y la enorme distancia que nos separaba aquella noche que la pisamos por delegación. Doce años antes, el protagonista de "El increíble hombre menguante" lo resumía así: "Tuve la sensación de abrazar el cielo, el universo, mundos infinitos". La cercana, íntima luna, y el espacio inalcanzable y oscuro que la albergaba.