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'Dolor y gloria', un ejercicio de memoria

La nostalgia según Almodóvar

ALEX R. FISCHER

La nostalgia según Almodóvar

Marçal Sintes

Pasada una cierta edad, uno, si es una persona medianamente sana, prefiere no revolcarse en los malos ratos, las equivocaciones o el rencor. Opta por recordar lo que le conmueve. Lo que realmente cuenta

Sumergiendo, inerte, rodeado del azul de una gran piscina. Con los ojos cerrados, como un bebé en el saco amniótico. Así empieza 'Dolor y gloria', la última película de Pedro Almodóvar. Los 108 minutos del filme son un ejercicio de memoria y de nostalgia. Una y otra cosa resultan en este caso prácticamente sinónimos. Pasada una cierta edad, uno, si es una persona medianamente sana, prefiere no revolcarse en los malos ratos, las equivocaciones o el rencor. Opta por recordar lo que le conmueve. Lo que realmente cuenta. Es, probablemente, una marca de nuestra evolución como especie. Del instinto humano por sobrevivir, también moralmente.

Esta película no es una autobiografía. Pero, en cambio, sí nos dice quién es Almodóvar. O quién cree, quien quiere creer, Almodóvar que es. La memoria es, al fin y al cabo, el barro con el que modelamos nuestra identidad. Un barro al que no dejamos de dar forma con el corazón. 'Dolor y gloria' es, pues, el espejo en el que Almodóvar se mira hoy.

Pérdida de la ilusión vital

Salvador Mallo, interpretado por Antonio Banderas, es el 'alter ego' de Almodóvar, que se retrata a sí mismo -mediante un astuto juego de espejos entre la realidad y la ficción- como alguien al que, por decirlo así, la vida le ha quedado atrás. Mallo es un director de cine que un día fue muy celebrado, pero que ha perdido la ilusión vital y la ambición profesional. Lleno de achaques físicos, doliente, magullado, pasa los días tragándose medicamentos y yendo al médico, además de flirteando con la droga. No tiene problemas económicos. Su única conexión con el mundo exterior -vive en un piso precioso, forrado de cuadros y siempre medio a oscuras- es su fiel secretaria.

Y se refugia en la memoria. En su infancia -pintada con magistrales secuencias luminosas- de niño pobre y en su madre. La infancia y la madre son su verdadera patria, de la misma forma que para Salvador Espriu, por ejemplo, el jardín de los cinco árboles de la casa de Arenys de Mar simboliza el mundo feliz de antes de la guerra y las muertes.

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También evoca Almodóvar el amor perdido, a quien por azar reencuentra. Y al actor con el que se peleó y con quien no ha vuelto a hablar. El protagonista lo va a buscar. Es como si quisiera remendar un desgarro, como si lo necesitara para redimirse.

Con Almodóvar solo he hablado una vez en mi vida. En unas circunstancias que tienen poco que ver con el periodismo. Cumplí el servicio militar en un cuartel que se halla prácticamente enfrente del Palacio del Pardo, la residencia oficial de Franco. Cuando hice la mili la pequeña ciudad ya no se llamaba El Pardo del Caudillo, sino sencillamente El Pardo. Algún fin de semana con los compañeros solíamos montar en el autobús para ir a Madrid y vagar por sus calles y avenidas. Así es como un día de invierno, subiendo por la Gran Vía, vi a Almodóvar, solo, delante de mí. Yo llevaba una cámara Nikon FM2 colgada al cuello. Pesaba como un muerto, pero es un modelo mítico, la cámara de los grandes reporteros de guerra.

Mis compañeros de mili no habían visto ningún filme de Almodóvar, pero yo sí: 'Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón', 'Matador', 'La ley del deseo', 'Mujeres al borde de un ataque de nervios' y quizá también '¿Qué he hecho yo para merecer esto?'  La última había sido ¡Átame! "¡Ostras, es Pedro Almodóvar!", avisé yo. "¿Quién?" En contra de mi naturaleza poco expansiva, me dirigí a él. Nos hicieron una foto con mi cámara Nikon. Una foto en blanco y negro, que conservo. Luego nos dijimos adiós rápidamente. Aquel sábado por la mañana hacía frío en Madrid. Me había partido de risa con 'Mujeres al borde de un ataque de nervios'. Me entusiasmaba el espíritu rebelde, gamberro, pasado de vueltas de ese tipo.

La mejor obra de Almodóvar

No he podido evitar, al recordar la anécdota, calcular cuántos años tenía Almodóvar en ese momento. Treinta menos que ahora, esto es, 39. Le estaban pasando entonces algunas de las cosas de las que nos habla 'Dolor y gloria'.

Durante todos estos años he continuado siguiendo la obra de Pedro Almodóvar. Algunos filmes los he encontrado buenos, otros me decepcionaron. Uno de los que más me decepcionó, está justamente también inspirado en su propia vida: 'La mala educación'. Demasiado enojo, demasiado desquite, hasta el punto que me dio la impresión de que se llegaba a dañar la forma, la estética, el montaje, el ritmo.

Pero 'Dolor y gloria' es otra cosa. Para mí, una de las mejores obras, tal vez la mejor, de Almodóvar. Una película que, sin embargo, no tiene casi nada que ver con las de los primeros años. Una creación que viaja realmente adentro, honesta, de un existencialismo sereno y elegante. Emparentada de alguna forma con 'Cinema Paradiso', de Tornatore, y, de mucho más lejos, con 'Fellini, ocho y medio'.