18 sep 2020

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CHEQUEO

El secretario de Estado de la Seguridad Social, Octavio Granado, en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo.

EFE / Román G. Aguilera

Todo se hizo fatal

Rosa María Sánchez

"Dejamos que se destruyeran tres millones de empleos. Y como lo hicimos fatal, ya es hora de que alguien lo diga", se desahoga Octavio Granado

El secretario de Estado de la Seguridad Social, Octavio Granado, acaba de reconocer que el Gobierno socialista del que él formaba parte en el 2008 lo hizo fatal. “Dejamos que se destruyeran tres millones de empleos. Y como lo hicimos fatal, ya es hora de que alguien lo diga”, dijo esta semana en una conferencia en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo.

La condición socialista de Granado está fuera de toda duda. Siempre ha sido una persona franca. Y antes de dejar definitivamente la vida política ha decidido hacer un ejercicio pleno de autocrítica sobre algo que le estaba minando por dentro. “Lo hicimos fatal”.

En su opinión, haber roto el catecismo socialista y haber avanzado en la precariedad laboral (con más contratos parciales y temporales), como recordó que hizo Felipe González en 1991, hubiera evitado el desastre. 

En la crisis de la primera mitad de los 90, se destruyó algo más de un millón de empleo, el paro aumentó en 1,4 millones y la tasa de desempleo subió 9 puntos, hasta el 24,55%.

En la que aconteció a partir del 2007, se destruyeron 3,7 millones de puestos, el paro aumentó en 4,3 millones y la tasa de paro subió casi 19 puntos, hasta rozar el 27%.

La reflexión de Granado invita a recordar.

En 2007, cuando la burbuja estaba a punto de estallar, la tasa de temporalidad estaba en un máximo histórico cercano al 35%. Es difícil que alguien pudiera pensar entonces en la conveniencia de una precarización mayor.

El baño de realidad llegó en el verano del 2011. Para entonces ya se habían destruido dos millones de empleos y el paro casi se había triplicado, hasta rozar los 5 millones de personas. El BCE había tenido que salir al rescate de la deuda española y en una carta que se mantuvo en secreto durante años exigió una reforma laboral drástica al Gobierno de Zapatero.

Entonces sí. Se suspendió la limitación que impedía encadenar por más de dos años contratos temporales y se hizo posible contratar a un joven de 30 años por 480 euros al mes hasta cumplir la edad de 33. "El Gobierno prefiere un contrato temporal a un parado”, acertó a decir el entonces ministro de Trabajo, Valeriano Gómez

Más grave fue el retraso de los sindicatos. En plena sangría de despidos, los salarios pactados seguían creciendo y la remuneración por hora trabajada subía por encima del 6% en el 2008, antes de la terrible pérdida de casi 1,2 millones de empleos del año siguiente. Hubo que esperar al 2012 para que la subida pactada en salarios fuera la menor en 30 años.

También tardó en llegar el modelo de reducción de jornada con apoyo de dinero público que estaba ayudando a atravesar la crisis en países como Alemania, Bélgica o Austria.

Todo llegó tarde. Y también, la recuperación.  En 2016 y 2017, con la etapa de crecimiento ya en marcha, seguían los recortes salariales. 

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