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Un fotograma de la película ’Ana Karenina’.

Los libros no merecen respeto

Miqui Otero

Me gustan los libros de segunda mano por la misma razón que me empuja a escuchar a jubilados en bares: han vivido más que yo.

Porque mi idea de un libro bonito es, para empezar, la de un libro leído. La de un libro vivido. Por eso no sintonizaba con todas esas campañas que hablaban de que leer es sexy o las protagonizadas por libros inmaculados. Tenían, muchas de ellas, más que ver con la retórica del anuncio de helados (la fría cosmética publicitaria de la tarrina por estrenar) o con la del culto al cuerpo de un influencer (la perfección del objeto).

Penguin Classics, en cambio, acaba de lanzar la primera campaña que me transmite pasión por la lectura o que fomenta el acto de leer. La protagonizan clásicos de su colección ajados, mancillados, devorados por trabajadores de la editorial, músicos, artistas, anónimos. Tomos deslomados, tronchados, paspados, descascarillados y heridos fotografiados por lectores reales. Esas puntas de la cubierta de 'Ana Karénina' que saludan y han perdido el satinado parecen una reflexión sobre cómo la edad negocia con la belleza. Todas esas lenguas de colores ('post its tuttifruti') que asoman entre las páginas de 'Jane Eyre', en vivo contraste con los ambientes neblinosos que aguardan dentro. O un 'Guerra y paz' que parece que vuelva de una trinchera con la cabeza vendada: una cinta aislante marrón enmarca toda la cubierta.

Estos libros sí son, para mí, apetecibles. O sexy, si se quiere. Los buenos libros no saben envejecer mal. Sí lo hacemos los lectores.

 Hay dos tipos de lectores: los que marcan los libros y los que los tratan como figuritas de Lladró, de adorno. Y en los primeros, algunas más: los que usan lápiz o boli o los que emplean post-its para no ensuciar el texto. Dentro de los subrayados, hay categorías hasta lo bizantino: si me gusta un párrafo, lo abarco con una llave vertical, pero si me apasiona subrayo cada frase en horizontal (si me vuela la cabeza, me pongo a escribir en el margen muestras de gratitud: "¡Lo partes, Fiodor").

La sorpresa, en la vida y en los libros, llega cuando doblas la esquina, de la calle o de la página. La mejor manera de mostrarle respeto a un libro, también a la lectura, es perdérselo.

Temas: Libros