21 sep 2020

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PROTESTA POR LA LINEA 1 DEL METRO

Uno de los microcortes realizados esta tarde en la Meridiana por el conflicto de las obras de la L-1.

Robert Ramos

El derecho a irritarse y el justo cálculo de los inconvenientes

Jordi Mercader

Barcelona tiene experiencia sobrada en obras de este tipo como para que en esta ocasión la logística haya despertado tanta protesta

La paciencia del usuario del metro afectado por obras se agota mucho más deprisa cuando está agobiado por unas temperaturas insoportables. Obras, retrasos en el servicio, trasiego infernal de conexiones en superficies y sol inmisericorde conforman una combinación muy propicia para hacer aflorar el derecho a la irritación de todo barcelonés que no aspire a la santidad. Los factores del memorial de agravios se complementan con otros dos: la sensación crónica de que la información de las anomalías en el servicio nunca es del todo satisfactoria para el cliente y la sospecha de que el cálculo de los inconvenientes se ha quedado corto por parte de la compañía.

El cambio de railes en un tramo de la línea 1 del Metro es una obra imprescindible que ninguna autoridad se atrevería a aplazar por evidentes motivos de seguridad y que nadie osaría retrasar por muchas dificultades que se pudieren prever durante las obras. El conflicto no está pues en la conveniencia de los trabajos sino en la adecuación de las alternativas previstas para paliar el incordio. En el primer día de quejas, un responsable de la compañía salió a decir que era imposible efectuar la conexión entre la estación del Clot y la del Fondo con un solo bus lanzadera, que había que hacerlo en dos trayectos que se enlazan tras una caminata de 15 minutos, porque la gran diferencia de capacidad entre los 1.000 usuarios de un convoy de metro y los 200 de un autobús implicaría la salida de un vehículo cada 30 segundos y esto no podía ser.

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La canícula no es responsabilidad de la empresa, aunque con mayor o menor intensidad se sucede cada año entre julio y septiembre. Sin embargo, el portavoz debería haberse ahorrado el concepto “imposible” asociado a una obra de 20 millones de euros y dirigido a las decenas de miles de usuarios diariamente condenados al sofoco. La fase del trabajo nocturno no podía mantenerse por más tiempo porque el final de las obras apremiaba, eso se entiende; aunque en lugar de cerrar nueve estaciones de golpe podría haberse hecho en dos tramos, disminuyendo no solo el volumen de pasajeros afectados sino también la duración de los trayectos en autobús. De todas maneras, Barcelona tiene experiencia sobrada en obras de este tipo como para que en esta ocasión la logística haya despertado tanta protesta.

El usuario se queja, de natural, ante cualquier alteración del servicio y siempre considera que la información ofrecida y el acompañamiento por el trayecto alternativo es insuficiente. Esta es una reacción clásica y comprensible que no puede sorprender a la empresa. La mejor información posible no se ahorraría la crítica porque ésta es una expresión del derecho a la impaciencia. Una especie de liberación por la incomodidad sufrida. Esto sucede en la línea roja del metro, esto y que a la operación quizás le haya faltado el liderazgo político para la ocasión. La presidenta de la compañía saltó del tren antes de tiempo, en cuanto se vio fuera de la lista electoral.