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La investidura

El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, y el líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, el pasado 7 de mayo, en la Moncloa.

REUTERS / JUAN MEDINA

Pablo quiere ser ministro y el PSOE todo el pastel

Sergi Sol

A diferencia de Podemos, ERC no aspira a ministerio alguno, solo respeto y compromiso con el diálogo

El PSOE ganó con holgura las elecciones. Pero muy lejos de la mayoría absoluta. Y eso, en España, en Catalunya las ganó ERC. El dato no es baladí. Sánchez necesita aliados para la investidura. Ni sumando los de Pablo Iglesias le salen las cuentas. Pero es que incluso ahí se ha encallado el Gobierno de Pedro, que sigue en funciones. Igual como llegaron al Gobierno con 80, gracias a ERC y Podemos (entre otros), les parece que no hay prisa alguna, que de ahí no los sacan ni con agua caliente. O igual siguen la máxima que no hay mal que por bien no venga puesto que, a tenor de las últimas encuestas, al PSOE no se le empachan unas nuevas elecciones, las cuartas en menos de cuatro años.

Sánchez actúa como si tuviera los 202 diputados de Felipe. Rivera se le atraganta hoy, pese a que es con el líder de Ciudadanos con el único que ha firmado un acuerdo de Gobierno hasta la fecha, acuerdo condenado al fracaso porque exigía el apoyo de Podemos para la investidura. Los de Pablo eran los convidados de piedra. A tragar, sin más, les decían. Pablo no dudó en mandar al carajo a la sonriente pareja que, para más inri, exigía que un sumiso Pablo les pusiera la alfombra roja, nunca mejor dicho, para entrar en la Moncloa.

Lucha entre Rivera y Casado

El pacto con Ciudadanos sigue siendo el deseado por el Ibex. El vicepresidente de la Caixa, López Burniol, no dudó en pedirlo públicamente. Pero como Rivera se ha echado al monte no hay opción. Sánchez le debe mucho a Rivera. Este, en su lucha encarnizada para liderar la derecha por el flanco más nacionalista, le regaló a Pedro un inmenso espacio, gracias también a que Casado, un clon de Rivera, entró al trapo. Pedro, sin decir gran cosa y sin ofrecer nada, se benefició de la lucha del dúo sacapuntas por encarnar la máxima españolidad a base de aporrear Catalunya con su jerga incendiaria.

Uno de los problemas radica en que Pablo querría ser ministro. Derecho tiene, 3,7 millones de papeletas. Además resulta que sus votos son imprescindibles. Pero el PSOE lo quiere lejos y para nada en el Consejo de Ministros. Tal vez Pablo debe dejar claro que no hay afán personal, ergo salir de la ecuación y postular a otros.

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Además, están los votos periféricos, imprescindibles. Por lo menos los del PNV y sobre todo los 15 de ERC, más de un millón de votos. Si el ninguneo a Podemos es notorio, el desdén a ERC es clamoroso. De hecho, arrancó la misma noche electoral, cuando Pedro menospreció a ERC, antes ya del 'afer Iceta'. Luego cocinaron el cordón sanitario contra ERC en Barcelona, conscientes ya de que los de Puigdemont son extraterrestres en la región metropolitana y ERC, en cambio, la amenaza a su hegemonía. Collboni hasta se permitió rechazar hablar con el ‘peligroso’ Ernest Maragall.

A diferencia de Podemos, ERC no aspira a ministerio alguno, solo respeto y compromiso con el diálogo. ERC lideró con determinación el apoyo para echar al PP de la Moncloa. Parece como si Pedro buscara con ahínco el 'no' de ERC, como ya hizo con los Presupuestos. ERC no debería dejarse provocar, pero el PSOE debe empezar a actuar como si creyera eso de la España plural. No sea que haga bueno el dicho que asegura que lo que más se asemeja a un español de derechas es uno de izquierdas.