15 ago 2020

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LA INVESTIDURA

El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, el pasado 6 de junio.

DAVID CASTRO

Con Iglesias no

Joaquim Coll

El problema de verdad de la investidura de Sánchez es la profunda falta de confianza entre socialistas y podemistas

La noche del 28 de abril pareció que la victoria del PSOE sobre sus empequeñecidos rivales garantizaba la reelección de Pedro Sánchez. La enorme fragmentación del arco parlamentario dejó a los socialistas como dueños del tablero. Dos meses más tarde, se está viendo que esa impresión tenía más de espejismo que de realidad. Por un lado, la división en dos bloques persiste. La crisis abierta en Ciudadanos -tras la ruptura con Manuel Valls, el choque con Emmanuel Macron y la marcha del partido de una figura tan relevante como Toni Roldán, entre otros- no ha hecho variar la posición de Albert Rivera, quien ya amenaza con la expulsión a los sectores contrarios a su obcecado antisanchismo.

A corto plazo, en la formación naranja no habrá cambios y, por tanto, el escenario de una legislatura con apoyos variables resulta imposible. Pero lo que realmente está a punto de hacer fracasar la investidura es que Pablo Iglesias exige estar en el Gobierno para ejercer de vicepresidente de políticas sociales. Es una pretensión excesiva porque los 42 diputados de Unidas Podemos y sus confluencias no le sirven al PSOE para alcanzar la mayoría absoluta. Sánchez necesitaría más apoyos o la abstención de otros grupos en segunda votación para ser reelegido.

Con todo, el problema de verdad no son los votos porque las fuerzas soberanistas se inclinan a no bloquear la investidura, sino la profunda falta de confianza entre socialistas y podemistas. Sánchez no quiere por nada del mundo tener a Iglesias dentro del Ejecutivo, ni tampoco a Irene Montero como ministra política. Sencillamente, no se fía de ellos. "No voy a comulgar con ruedas de molino", ha dicho. Teme que si aceptara esa configuración no habría un Gobierno, sino en realidad dos porque la pareja de Galapagar jugaría constantemente a marcar diferencias y a imponer su agenda. El líder socialista prefiere no embarcarse en un viaje con un socio poco fiable que, a la primera de cambio, estaría tentado de erosionar su autoridad como presidente o le podría generar ruidos constantes, por ejemplo, con filtraciones en medios. No solo es que falte en España cultura de gobiernos de coalición, sino que en este caso hay sobre todo un enorme recelo político y personal.

El 'sottogoverno'

Sánchez cree que Iglesias cederá conformándose con una presencia de su partido en el 'sottogoverno' o con dos o tres ministros de perfil técnico. Le amenaza con nuevas elecciones cuando en septiembre expire el plazo de dos meses desde la investidura fallida que habría en julio sin que vaya a darle otra oportunidad para seguir negociando. En la Moncloa creen que volver a las urnas podría fortalecer al PSOE como partido central garante de la estabilidad. Los perjudicados serían Unidas Podemos, Ciudadanos y Vox, en beneficio de un regreso al bipartidismo. Es un escenario posible pero también arriesgado, porque la victoria socialista en abril se debió a una gran movilización de la izquierda ante el miedo al "trifachito" y a la propia división del voto de derechas. En otoño, todo eso sería diferente. Pero Sánchez prefiere jugársela otra vez antes que tener a Iglesias en el Gobierno.