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Dos miradas

 El Bulli, en una foto del 2011.

ARCHIVO / JULIO CARBÓ

País y cocineros

Josep Maria Fonalleras

La revolución culinaria catalana se cimentó sobre las bases de aprovechar, tocar el producto e inventar a partir de la humildad y la tradición

El año 1961 fue primordial en la historia de la cocina catalana. En Cala Montjoi se inauguró un minigolf que, con los años, sería el Bulli de Ferran Adrià. A pie de carretera, en Figueres, Josep Mercader abría un hotel que, con los años, acabaría siendo un santuario, el centro neurálgico de la revolución culinaria, el Motel Empordà. Todo esto se explica en una exposición espléndida que puede verse todo el verano en el Museu del Empordà: 'El país dels cuiners'. Se habla, por supuesto, de estas dos referencias adámicas, pero también de los orígenes más remotos, de la fonda Ca la Teta del Hotel Duran, del bufete de la estación de Portbou, de las cocinas que hicieron posible una gastronomía que evolucionó hacia lo que Miquel Berga ha calificado como "la monumentalización de la penuria".

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Las espinas de anchoas rebozadas de Mercader quizás son su ejemplo más ilustre. Aprovechar, tocar el producto, inventar a partir de la humildad y la tradición. En la expo, hay tres mesas montadas. Con las sillas, los manteles y los cubiertos originales del Duran, el Motel y el Bulli. Falta la comida (esto es otra historia), pero vive ahí el espíritu de una epopeya cultural.