Ir a contenido

NÓMADAS Y VIAJANTES

Donald Trump.

REUTERS / CARLOS BARRIA

Trump, el irresponsable en jefe

Ramón Lobo

Muchos analistas estadounidenses dibujan a su presidente como un ególatra inmaduro con tolerancia cero a la frustración, un perfil que suele ser el de los dictadores.

Donald Trump ha lanzado la campaña para su reelección en el 2020 en Orlando (Florida), cerca de Disneyworld. Más que una broma, parece un símbolo. Y lo ha hecho con las mismas armas que lo llevaron a la victoria en el 2016: la mentira, el insulto, el ataque desmedido a los medios de comunicación que considera hostiles, es decir, todos menos Fox News. Esta vez ha ido muy lejos al acusar de traición al 'The New York Times'. Hasta el conservador 'The Wall Street Journal', propiedad de Rupert Murdock –también dueño de Fox News–, le acusa de haber cruzado una línea roja. Resulta gracioso: lleva dos años y medio cruzando todas las líneas rojas.

Muchos analistas estadounidenses le dibujan como un ególatra inmaduro con tolerancia cero a la frustración. Este suele ser el perfil de los dictadores. En el sistema político de EEUU existen contrapesos suficientes para evitar que un presidente actúe (demasiado) fuera de la ley. Uno es el 'impeachment' (proceso de destitución). Los demócratas aun no tienen un criterio unido sobre si deben iniciarlo, a sabiendas que será difícil ganarlo, o esperar.

No es que se salte las leyes, que no puede, es el tono de matón, un lenguaje que normaliza un comportamiento anómalo ante la ciudadanía. Tendrá consecuencias más allá de su mandato, la profundidad del daño tardará años en emerger porque afecta a todos los estamentos de la sociedad. Con Trump saltan por los aires varias normas de comportamiento democrático. Con él se está perdiendo uno de los motores de una sociedad libre madura, entender que nadie tiene la razón absoluta, que es posible, y aconsejable, el diálogo con los que piensan diferente porque es una manera de enriquecimiento colectivo.

Pleitesía y aplauso

Con Trump, todo lo que no sea la pleitesía y el aplauso es traición, toda cifra que no coincida con la suya es un hecho alternativo. Despide a unos colaboradores y quema a otros metidos todos en una batidora emocional a la que no están acostumbrados. La ultima en caer ha sido su portavoz en la Casa Blanca, Sarah Huckabee Sanders, que se ha dejado gran parte de su prestigio en defender lo indefendible.

Estamos ante un tipo que escribe al presidente de Twitter para denunciar que la compañía le está robando seguidores. Para él es la herramienta de gobierno, desde ella imparte órdenes, nombra y destituye. Y, sobre todo, insulta. En los primeros 18 días de junio ha tuiteado 44 veces contra los medios de comunicación. De los periodistas acaba de afirmar: “Nunca los mataría, pero los odio. (…) Muchos son mentirosos y desagradables”.

El presidente de EEUU no se sabe la Constitución que juró (en España tenemos ejemplos), o le importa un bledo. Cada día viola varias veces la Primera Enmienda, el pilar que garantiza y defiende la libertad religiosa, de prensa, de asociación y expresión en EEUU.

Es impropio que el jefe del Estado declare traidores a los periódicos que informan sobre sus crecientes problemas legales. Es impropio que un presidente democrático ataque al fiscal especial (Robert Mueller) que le investigó por la presunta relación con Rusia para perjudicar a Hillary Clinton y alterar el resultado de las elecciones. Es impropio escuchar a un mentiroso compulsivo que se ha instalado en una realidad paralela, que se mofa de los más débiles, sean minusválidos, inmigrantes o pobres. EEUU se merece otro presidente; nosotros, también.

Radios ultras

Leí no hace mucho un tuit que decía –escribo de memoria--: “Fox News ha hecho a nuestros padres lo que ellos decían que nos iban a hacer los videojuegos”. Esa cadena ultraconservadora, además de webs y radios ultras que dejan a Jiménez Losantos en peligroso izquierdista, han ayudado a abonar el campo ideológico en el que se propagan las noticias falsas. Hay dos diferencias con las mentiras de toda la vida: son masivas y se dirigen a un público que dejó de interesarse por la verdad. Vivimos en una sociedad cada vez más ignorante, pese a la hiperinformación, y asustada que se enfrenta a una de sus mayores revoluciones tecnológicas –la robótica— y a uno de los desafíos más importantes para la supervivencia de la especie –el cambio climático–. En vez de valentía y audacia, tenemos una ristra de populismos que se basan en la xenofobia y en el ataque al discrepante.

Los medios de comunicación en democracia, con todos los defectos y dependencias del poder económico que se quiera, son esenciales para fiscalizar la acción del Gobierno, para entregar a los ciudadanos informaciones honestas y contrastadas. Eliminar al mensajero es el primer paso para llegar al mundo orweliano al que nos dirigimos. Aún quedan armas para la defensa, la más importante de todas se llama voto. Úsenla.